El escritor Mario Vargas Llosa ofreció un discurso en el 5to Lindau Meeting on Economic Sciences en Alemania el pasado mes de agosto.
A continuación la transcripción del mismo.
Agradezco muy especialmente al Consejo de los Encuentros Lindau con ganadores del Premio Nobel y a la Fundación Encuentros Lindau por invitarme a dar esta conferencia, pues de acuerdo a sus "considerandos", han tomado en cuenta no sólo mi labor literaria sino mis ideas y opiniones políticas.
Créanme si les digo que esto es algo bastante novedoso. En el mundo en el que suelo moverme, ya sea en Latinoamérica, Estados Unidos o Europa, cuando alguna persona o alguna institución rinde tributo a mis novelas o ensayos literarios, usualmente agrega de inmediato frases como "aunque discrepamos con él", "a pesar de que no siempre estamos de acuerdo con él" o "esto no implica que aceptemos sus críticas u opiniones sobre cuestiones políticas". Aunque ya me he acostumbrado a esta bifurcación de mi persona, me alegra sentirme reintegrado por esta prestigiosa institución, que en vez de someterme a un proceso esquizofrénico, me ve como un ser humano unificado: un hombre que escribe, piensa y participa del debate público. Me gustaría creer que ambas actividades forman parte de una realidad única e inseparable. Pero ahora, para ser honesto con ustedes e intentar responder a la generosidad de esta invitación, siento que debería explayarme con cierto detalle sobre mis posiciones políticas. Y no es tarea fácil. Mucho me temo que no alcance con decir -tal vez fuese más sabio decir que "creo ser"- un liberal. Ya de por sí, ese término entraña una primera complicación. Como bien saben, "liberal" tiene significados distintos y usualmente antagónicos, dependiendo de quién lo use y en qué contexto. Mi difunta y querida abuela Carmen, por ejemplo, solía decir que un hombre era liberal para referirse a sus costumbres disolutas, alguien que no sólo no iba a misa sino que además hablaba pestes de los curas. Para ella, el prototipo que encarnaba esa idea de "liberal" era un legendario ancestro mío que un buen día, allá en mi Arequipa natal, le dijo a su esposa que iba hasta la plaza del pueblo a comprar el diario, para nunca más volver. La familia no tuvo noticias de él durante 30 años, hasta que el fugitivo caballero murió en París. "¿Y por qué se escapó a París ese tío liberal, abuela?". "¿Y a dónde más si no a París, hijito? ¡Para corromperse, por supuesto!" Esta anécdota tal vez esté en el remoto origen de mi liberalismo y de mi pasión por la cultura francesa.
En Estados Unidos y en el mundo anglosajón en general, el término "liberal" tiene connotaciones izquierdistas y a veces suele asociárselo con el socialismo o con posturas radicales. En contrapartida, en Latinoamérica y España, donde la palabra fue acuñada en el siglo XIX para describir a los rebeldes que luchaban contra la ocupación napoleónica, me llaman liberal -o peor aún, neoliberal-, para exorcizarme o desacreditarme, porque la perversión política de nuestra semántica ha transformado el significado original del término -el de un amante de la libertad que se alza contra la opresión- hasta darle una connotación conservadora o reaccionaria, vale decir, un término que cuando es usado por un progresista, es sinónimo de complicidad con todas las explotaciones e injusticias que padecen los pobres del mundo.
En Latinoamérica, el liberalismo fue una filosofía intelectual y política progresista que en el siglo XIX se oponía al militarismo y a los dictadores y que aspiraba a la separación entre la Iglesia y el Estado y al establecimiento de una cultura civil y democrática. En la mayoría de esos países, los liberales fueron perseguidos, exiliados, encarcelados o ejecutados por los regímenes brutales que con pocas excepciones -Chile, Costa Rica, Uruguay y paremos de contar-, prosperaron en todo el continente. Pero en el siglo XX, la aspiración de las elites políticas de vanguardia era la revolución, y no la democracia, y esa aspiración era compartida por muchísima gente que quería copiar el ejemplo de la guerrilla de Fidel Castro y sus "barbudos" de Sierra Maestra.
Marx, Fidel y el Che Guevara se convirtieron en íconos de la izquierda y la extrema izquierda. Dentro de ese contexto, los liberales fueron considerados conservadores, defensores del status quo, tergiversados y caricaturizados a tal punto que sus verdaderos objetivos políticos y sus ideas genuinas sólo tenían llegada a círculos muy pequeños, mientras que grandes sectores de la sociedad eran ajenos a ellos. Esa confusión sobre el liberalismo estaba tan extendida que los liberales latinoamericanos se vieron obligados a dedicar gran parte de su tiempo a defenderse de las distorsiones y ridículas acusaciones que recibían por derecha y por izquierda.
Recién en las últimas décadas del siglo XX, las cosas empezaron a cambiar en Latinoamérica, y el liberalismo empezó a ser reconocido como algo profundamente distinto del marxismo extremo y de la extrema derecha, y es importante mencionar que eso fue posible, al menos en la esfera cultural, gracias al valiente esfuerzo del gran poeta y ensayista mexicano Octavio Paz y de sus revistas Plural y Vuelta. Tras la caída del Muro de Berlín, el colapso de la Unión Soviética y la transformación de China en un país capitalista (por más que autoritario), las ideas políticas también evolucionaron en Latinoamérica, y la cultura de la libertad hizo importantes avances en todo el continente.
Más allá de eso, para mucha gente sigue siendo difícil asimilar el verdadero sentido de la palabra "liberal", y para complicar aún más las cosas, ni siquiera los liberales parecen poder ponerse de acuerdo del todo sobre lo que significa el liberalismo y lo que significa ser un liberal. Quien haya tenido oportunidad de participar de alguna conferencia o congreso de liberales sabrá que esos encuentros suelen ser de lo más divertidos, ya que las discrepancias prevalecen sobre el acuerdo y porque como solía ocurrir con los trotskistas, cuando existían, todo liberal es a la vez un hereje y un sectario en potencia.
Como el liberalismo no es una ideología, vale decir, no es una religión dogmática laica, sino más bien una doctrina abierta y en evolución, que en vez de forzar la realidad para que ceda, se acomoda a la realidad, existen entre los liberales profundas discrepancias y las más diversas tendencias. Respecto de la religión y otros temas sociales, los liberales como yo, agnósticos y propulsores de la separación entre la Iglesia y el Estado y defensores de la despenalización del aborto, el matrimonio homosexual y las drogas, solemos ser ásperamente criticados por otros liberales que tienen opiniones opuestas sobre estas cuestiones. Esas diferencias de opinión son saludables y útiles, ya que no violan los preceptos básicos del liberalismo, a saber, democracia política, economía de mercado y la defensa de los intereses individuales por sobre los intereses del Estado. Hay por ejemplo liberales que creen que la economía es el campo donde deben resolverse todos los problemas, y que el libre mercado es la panacea para los problemas, desde la pobreza hasta el desempleo, desde la discriminación hasta la exclusión social.
Esos liberales, que son como verdaderos algoritmos vivientes, muchas veces le hacen más daño a la causa de la libertad que los marxistas, primeros campeones de la absurda teoría de que la economía es la base de la civilización, fuerza impulsora de la historia de las naciones. Eso es simplemente falso. Son las ideas y la cultura las que marcan la diferencia entre civilización y barbarie, y no la economía. La economía por sí sola, sin el puntal de las ideas y la cultura, tal vez produzca óptimos resultados en los papeles, pero no le da sentido a la vida de las personas, ni les ofrece a los individuos razones para resistir la adversidad, mantenerse unidos en la compasión, o vivir en un ambiente de verdadera humanidad. Es la cultura, ese cuerpo de ideas, creencias y costumbres compartidas -entre las cuales debe incluirse obviamente también la religión-, la que da vida y aliento a la democracia y permite la economía de mercado, con su matemática fría y competitiva de recompensar el éxito y castigar el fracaso, para evitar que todo degenere en una lucha darwiniana en la cual, como dijo Isaiah Berlin, "la libertad de los lobos es la muerte de los corderos". El libre mercado es el mejor mecanismo existente para generar riqueza, y cuando se lo complementa con otras instituciones y usos de la cultura democrática puede impulsar el progreso material de una nación a los espectaculares niveles a los que nos tiene habituados. Pero el libre mercado es también un instrumento implacable que sin el componente espiritual e intelectual que aporta la cultura, puede reducir la vida a una feroz batalla egoísta a la que sólo sobreviven los más aptos.
Por lo tanto, el valor central del liberal que yo aspiro a ser es la libertad. Gracias a esa libertad, la humanidad ha podido hacer su viaje de las cavernas a las estrellas y la revolución informática, y progresar desde las variadas formas de colectivismo y asociaciones despóticas hacia los derechos humanos y la democracia representativa. Los cimientos de la libertad son la propiedad privada y el imperio de la ley. Ese sistema garantiza las menores formas de injustica posibles, produce el mayor progreso material y cultural, frena con mayor eficacia la violencia y genera el mayor respeto por los derechos humanos. Para este concepto de liberalismo, la libertad es un concepto único e integral. La libertad política y la libertad económica son inseparables, como las caras de una moneda. Y como en Latinoamérica la libertad no es entendida de esa forma, la región ha sufrido varios intentos fallidos de gobiernos democráticos. Eso ocurrió ya sea porque las democracias que emergieron después de las dictaduras respetaron la libertad política pero rechazaron la libertad económica, que produjo inevitablemente más pobreza, ineficiencia y corrupción, o porque condujeron a gobiernos autoritarios convencidos de que sólo con mano dura y represión podría garantizarse el funcionamiento del libre mercado. Esa es una peligrosa falacia que quedó demostrada en países como Perú, durante la dictadura de Alberto Fujimori, y Chile, bajo Augusto Pinochet. El verdadero progreso nunca ha surgido de regímenes como esos. Así se explica el fracaso de las llamadas dictaduras "del libre mercado" de Latinoamérica.
Ninguna economía libre puede funcionar sin un sistema de justicia eficiente e independiente, y ninguna reforma tiene éxito si se implementa sin el control y la crítica de la opinión pública que sólo son posibles en democracia. Quienes creyeron que el general Pinochet era la excepción a la regla porque su régimen obtuve éxitos económicos luego descubrieron, junto con las revelaciones del asesinato y tortura de miles de ciudadanos, que el dictador chileno no solo era un asesino, sino un ladrón que tenía cuentas con millones de dólares en el exterior, como el resto de los dictadores latinoamericanos. La democracia política, la libertad de prensa y el libre mercado son los cimientos de la posición liberal. Pero así formuladas, esas tres expresiones poseen una cualidad abstracta y algebraica que las deshumaniza y las aleja de la experiencia de la gente común. El liberalismo es mucho, mucho más que eso. Básicamente, es tolerancia y respeto por el otro, y especialmente por quienes piensan distinto, por quienes practican otras costumbres, veneran a otro dios o a ninguno. Al aceptar convivir con quienes son diferentes, los seres humanos dieron el paso más extraordinario en el camino hacia la civilización. Fue una predisposición o un deseo que precedió a la democracia y que la hizo posible, y que contribuyó más que cualquier descubrimiento científico o que cualquier sistema filosófico a contrarrestar la violencia y a aplacar el instinto de controlar y matar en las relaciones humanas. Es también lo que despertó una natural desconfianza en el poder, en cualquier poder, y que es como una segunda naturaleza de nosotros, los liberales.
El poder es inevitable, salvo en esas encantadoras utopías de los anarquistas. Pero el poder sí puede ser controlado y contrarrestado para que no se exceda. Es posible despojarlo de sus funciones no autorizadas que oprimen al individuo, ese ser que para nosotros, los liberales, es la piedra angular de la sociedad, y cuyos derechos deben ser respetados y garantizados. La violación de esos derechos desencadena inevitablemente una espiral de abusos que como ondas concéntricas, barren con la idea misma de justicia social.
Defender a los individuos es la consecuencia natural de creer en la libertad como valor individual y social por excelencia, porque en el seno de una sociedad, la libertad se mide por el nivel de autonomía del que gozan los ciudadanos para organizar sus vidas y trabajar en pos de sus objetivos sin interferencias injusticias, vale decir, la lucha por la "libertad negativa", tal como la definió Isaiah Berlin en su célebre ensayo. El colectivismo era necesario en los albores de la historia, cuando los individuos eran simplemente parte de una tribu y dependían del conjunto de la sociedad para su supervivencia, pero empezó a declinar a medida que el progreso material e intelectual permitieron que el hombre dominara la naturaleza y superara el miedo al rayo, a las bestias, a lo desconocido y al otro, todo aquel que tenía otro color de piel, otro idioma y otras costumbres. Pero el colectivismo ha sobrevivido a través de la historia en esas doctrinas e ideologías que sitúan los supremos valores de un individuo en su pertenencia a un grupo específico (la raza, la clase social, la religión o la nación). Todas esas doctrinas colectivistas -nazismo, fascismo, fanatismo religioso, comunismo y nacionalismo-, son enemigos naturales de la libertad y feroces enemigos de los liberales. En todas las épocas, ese defecto atávico, el colectivismo, ha levantado su horrenda cabeza para amenazar a la civilización y arrastrarnos de vuelta a la era del barbarismo. Ayer tomó el nombre de fascismo y comunismo; hoy se lo conoce como nacionalismo y fundamentalismo religioso.
Un gran pensador liberal, Ludwig von Mises, siempre se opuso a la existencia de partidos liberales porque sentía que esas agrupaciones políticas, al intentar monopolizar el liberalismo, terminaban desnaturalizándolo, encasillándolo, y forzándolo a entrar en los estrechos moldes de la lucha partidaria por el poder. Por el contrario, Mises creía que la filosofía liberal debía ser una cultura general compartida por todos las corrientes y movimientos políticos coexistentes en una sociedad abierta y prodemocrática, una escuela de pensamiento que nutriera a los socialcristianos, los radicales, los socialdemócratas, los conservadores y los socialistas democráticos por igual. Hay mucho de verdad en esa teoría. De eso modo, en el pasado reciente, hemos visto casos de gobiernos conservadores, como los de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y José María Aznar, que impulsaron profundas reformas liberales. Al mismo tiempo, hemos visto a líderes presuntamente socialistas, como Tony Blair en Inglaterra, Ricardo Lagos en Chile, y actualmente José Mujica en Uruguay, que implementaron políticas económicas y sociales que sólo pueden ser calificadas como liberales.
Aunque el término "liberal" sigue siendo una mala palabra que todo latinoamericano políticamente correcto tiene obligación de detestar, desde hace un tiempo, hay ideas y actitudes esencialmente liberales que han comenzado a infiltrarse por derecha y por izquierda en el continente de las ilusiones perdidas. Eso explica por qué en años recientes, las democracias latinoamericanas no han colapsado ni han sido reemplazadas por dictaduras militares, a pesar de las crisis económicas, la corrupción y el fracaso de tantos gobiernos para alcanzar su potencial. Por supuesto que algunos siguen allí: Cuba tiene esos fósiles autoritarios, Fidel Castro y su hermano Raúl, que tras 54 años de esclavizar a su país, se han convertido en los líderes de la dictadura más larga de la historia latinoamericana, así como la desafortunada Venezuela, que de la mano del presidente Nicolás Maduro, el sucesor a dedo del comandante Hugo Chávez, sufre ahora las políticas estatistas y marxistas que muy pronto convertirán a Venezuela en una segunda Cuba. Pero son dos excepciones, y hay que enfatizarlo, en un continente que nunca antes había tenido una sucesión tan larga de gobiernos civiles surgidos de elecciones relativamente libres. Y existen casos interesantes y alentadores como el de Brasil, donde primero Lula da Silva y luego Dilma Rousseff, antes de llegar a la presidencia, abrazaron la doctrina populista, el nacionalismo económico y la tradicional hostilidad de la izquierda hacia los mercados, pero que tras asumir el poder, practicaron la disciplina fiscal y fomentaron la inversión extranjera, la inversión privada y la globalización, a pesar de que ambos gobiernos se sumieron en la corrupción, como ha ocurrido siembre con los gobiernos populistas, y finalmente fracasaron en la continuidad de la reforma.
Más que la revolución, el mayor obstáculo actual para el progreso en Latinoamérica es el populismo. Hay muchas maneras de definir "populismo", pero tal vez la más exacta sea que es una forma de demagogia social y económica que sacrifica el futuro de un país a favor de un presente efímero. Con un discurso fogoso imbuido de bravatas, la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner ha seguido el ejemplo de su marido, el fallecido presidente Néstor Kirchner, con nacionalizaciones, intervencionismo, controles y persecución de la prensa independiente, políticas que han llevado al borde la desintegración a un país que es, potencialmente, uno de los más prósperos del planeta. Otros tristes ejemplos de populismo son la Bolivia de Evo Morales, el Ecuador de Rafael Correa y la Nicaragua del comandante sandinista Daniel Ortega, quienes en varios aspectos, siguen implementando el centralismo del control estatal que tantos estragos ha causado en todo nuestro continente.
Pero son las excepciones y no la regla, como era hasta hace poco en Latinoamérica, donde no sólo se están desvaneciendo los dictadores, sino también las políticas económicas que mantuvieron a nuestros pueblos en el subdesarrollo y la pobreza. Hasta la izquierda se ha mostrado reacia a faltar a su palabra de privatizar las jubilaciones -ya se ha hecho en 11 países latinoamericanos, hasta la fecha-, mientras que la izquierda de Estados Unidos, más reaccionaria, se opone a la privatización de la seguridad social. Son todos signos positivos de cierta modernización de la izquierda, que sin reconocerlo, admite que el camino hacia el progreso económico y la justicia social pasa por la democracia y los mercados, algo que los liberales venimos predicando en el desierto desde hace mucho tiempo. De hecho, si la izquierda latinoamericana ha aceptado las políticas liberales, tanto mejor, por más que las disfracen de una retórica que lo niega. Es un paso hacia adelante que deja entrever que Latinoamérica finalmente se estaría deshaciendo del lastre de las dictaduras y el subdesarrollo. Se trata de un avance, al igual que el surgimiento de una derecha civilizada que ya no cree que la solución a los problemas es golpear la puerta de los cuarteles, sino más bien aceptar el voto y las instituciones democráticas y hacerlas funcionar.
Otra señal positiva del incierto escenario latinoamericano actual es que el acendrado y antiguo sentimiento antinorteamericano que recorría el continente ha disminuido notablemente. Lo cierto es que hoy, el sentimiento antinorteamericano es más fuerte en ciertos países de Europa, como Francia y España, que en México o Perú. Es cierto que la guerra en Irak, por ejemplo, movilizó a vastos sectores de todo el espectro político europeo, cuyo único denominador común parecía ser no el amor por la paz sino el resentimiento y el odio hacia Estados Unidos. En Latinoamérica, esa movilización fue marginal y estuvo prácticamente confinada a los sectores de la izquierda más radicalizada, aunque en los últimos días el apoyo de Estados Unidos a la invasión israelí a la Franja de Gaza y la feroz masacre de civiles ha revivido un sentimiento antinorteamericano que parecía haberse desvanecido.
Ese cambio de actitud hacia Estados Unidos reconoce dos razones, una pragmática y otra del orden de los principios. Los latinoamericanos que conservan el sentido común entienden que por razones geográficas, económicas y estratégicas, las relaciones comerciales fluidas y sólidas con Estados Unidos son indispensables para nuestro desarrollo. Además, la política exterior norteamericana, en vez de apoyar a las dictaduras, como hacía en el pasado, ahora apoya sistemáticamente a las democracias y rechaza las tendencias autoritarias. Eso ha contribuido ostensiblemente a reducir la desconfianza y la hostilidad de las filas democráticas latinoamericanas frente a su poderoso vecino del norte.
Ese acercamiento y esa colaboración son cruciales para que Latinoamérica avance rápidamente en su lucha para eliminar la pobreza y el subdesarrollo.
En los últimos años, este liberal que habla ahora frente a ustedes se ha visto enredado con frecuencia en la controversia, por defender una imagen real de Estados Unidos, que las pasiones y los prejuicios políticos han deformado, en ocasiones, hasta el punto de la caricatura. El problema que enfrentamos quienes intentamos combatir esos estereotipos es que ningún país produce tanto material artístico e intelectual antinorteamericano como el propio Estados Unidos -país natal, no olvidemos, de Michael Moore, Oliver Stone y Noam Chomsky-, al punto que uno se pregunta si el antinorteamericanismo es uno de esos astutos productos de exportación fabricados por la C.I.A. para hacer posible que el imperialismo manipule ideológicamente a las masas del Tercer Mundo.
Antes, el antinorteamericanismo era especialmente popular en Latinoamérica, pero ahora se produce en algunos países europeos, especialmente en aquellos que se aferran al pasado que ya fue, y que se resisten a aceptar la globalización y la interdependencia de las naciones en un mundo en el que las fronteras, antes sólidas e inexpugnables, se han vuelto porosas y cada vez más difusas. Por supuesto que no todo lo que pasa en Estados Unidos es de mi agrado. Lamento, por ejemplo, que muchos estados todavía apliquen ese horror que es la pena de muerte, al igual que muchas otras cosas, como el hecho de que la represión está por encima de la persuasión en la lucha contra las drogas, a pesar de las lecciones que dejó la Prohibición. Pero en el balance de sumas y restas, creo que Estados Unidos es la democracia más abierta y funcional del mundo, y la que tiene mayor capacidad de autocrítica, que le permite renovarse y actualizarse más rápidamente en respuesta a los desafíos y las necesidades de un contexto histórico en cambio. Es una democracia que admiro justamente por lo que temía el profesor Samuel Huntington: una formidable mezcla de razas, culturas, tradiciones y costumbres, que han logrado coexistir sin matarse unas a otras, gracias a la igualdad ante la ley y la flexibilidad de un sistema que hace lugar en su seno para la diversidad, bajo el denominador común del respecto por la ley y por el otro.
En mi opinión, la presencia de 50 millones de personas de origen latinoamericano en Estados Unidos no amenaza la cohesión social o la integridad del país. Por el contrario, potencia a la nación, aportando una corriente de vitalidad cultural de enorme energía, en la cual la familia es un bien sagrado. Con su deseo de progreso, su capacidad de trabajo y su aspiración al éxito, esa influencia latinoamericana será de gran provecho para una sociedad abierta. Sin renegar de sus orígenes, esta comunidad se está integrando con lealtad y cariño a este nuevo país, y forjando fuertes vínculos entre las dos Américas. Y eso es algo de lo que puedo dar fe casi en carne propia.
Cuando mis padres ya no eran jóvenes, se convirtieron en dos de esos millones de latinoamericanos que emigraron a Estados Unidos en busca de oportunidades que su país no les ofrecía. Vivieron en Los Ángeles durante casi 25 años, ganándose la vida con sus manos, algo que nunca habían tenido que hacer en Perú. Durante muchos años, mi madre fue obrera textil en una fábrica llena de mexicanos y centroamericanos, entre los cuales hizo excelentes amigos. Cuando murió mi padre, pensé que mi madre regresaría a Perú, como él le había pedido. Pero ella decidió quedarse, vivir sola, e incluso solicitó y obtuvo la ciudadanía estadounidense, algo que mi padre nunca quiso hacer. Más tarde, cuando los achaques de la edad la obligaron a volver a su tierra natal, siempre recordó Estados Unidos como su segunda patria, con orgullo y gratitud. Para ella, nunca hubo incompatibilidad en sentirse peruana y estadounidense al mismo tiempo: ni el menor atisbo de un conflicto de lealtades. Y creo que el caso de mi madre no es excepcional, y que hay millones de latinoamericanos que sienten lo mismo y que se transformarán en puentes vivientes entre dos culturas de un continente que hace cinco siglos fue integrado a la cultura occidental.
Tal vez este recuerdo sea más que una evocación filial. Tal vez, en este ejemplo veamos un atisbo del futuro. Soñamos, como suelen hacer los novelistas: un mundo libre de fanáticos, terroristas y dictadores, un mundo de distintas razas, credos y tradiciones, coexistiendo en paz gracias a la cultura de la libertad, en el que las fronteras sean puentes que hombres y mujeres pueden cruzar en pos de sus objetivos, y sin más obstáculo que su suprema y libre voluntad.
Entonces, ya no hará falta hablar de libertad, porque será el aire que respiramos, y porque todos seremos verdaderamente libres. El ideal de Ludwig von Mises de una cultura universal, imbuida de respeto por la ley y por los derechos humanos, se habrá hecho realidad.
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La única libertad que estamos perdiendo es la libertad de elegir nuestras libertades
Nunca, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el pensamiento político había sido tan superficial e incapaz de explicar su época. Perder el vocabulario de las ideologías y quedarnos con la simple fe en los “valores democráticos” ha empobrecido el debate, afirma en su ensayo Mark Lilla, publicado en la revista estadounidense The New Republic,
Veinticinco años después, es tiempo de debatir de nuevo sobre la Guerra Fría. En la década posterior a los acontecimientos de 1989 no hablábamos de otra cosa. Ninguno de nosotros previó la rápida desintegración del Imperio soviético, el retorno también veloz de Europa del Este a la democracia constitucional, o la agonía de los movimientos revolucionarios que Moscú apoyó durante tanto tiempo. Ante lo inesperado, de manera atípica nos ocupamos de pensamientos grandilocuentes. ¿Este es el “fin de la Historia”?, “¿qué queda de la izquierda?” Después, la vida siguió su curso y nuestro pensamiento volvió a hacerse pequeño. Europa dirigió su atención a construir una Unión Europea amorfa; Estados Unidos, al islamismo político y la quimera de fundar las democracias árabes; el mundo, en cambio, se concentró en el estudio de la economía liberal, convertida en la esencia de nuestro currículo global. Y así, por estas y otras razones, nos olvidamos de la Guerra Fría y eso parecía algo fabuloso.
No lo fue. La verdad es que no hemos reflexionado lo suficiente acerca del fin de la Guerra Fría y, en especial, acerca del vacío intelectual que dejó atrás. Aunque no sirviera para nada más, la Guerra Fría hacía que nos concentráramos. Las ideologías que estaban en conflicto, cuyos linajes podían remontarse a dos siglos atrás, ofrecían puntos de vista claramente opuestos a los de la realidad política. Ahora que ya no existen, se esperaría que las cosas tuvieran mucha más claridad. Sin embargo, al parecer ocurre justo lo contrario. Nunca, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, y tal vez desde la Revolución rusa, el pensamiento político en Occidente había sido tan superficial y tan desorientado. Todos intuimos que están ocurriendo cambios desastrosos en nuestras sociedades y en otras sociedades cuyos destinos desempeñarán una función importante en moldear la nuestra. Sin embargo, carecemos de conceptos adecuados o, incluso, del vocabulario apropiado para describir el mundo en que vivimos. La conexión entre las palabras y las cosas se ha roto. El fin de la ideología no significa que haya desaparecido la oscuridad. Ha traído una niebla tan espesa que ya no podemos leer lo que está justo frente a nosotros. Vivimos en una era ilegible.
¿Qué es o qué era la ideología? Los diccionarios la definen como un “sistema” de ideas y creencias que tiene la gente para motivar su acción política. Pero la metáfora resulta inadecuada. Toda actividad práctica, no solo la actividad política, implica ideas y creencias. Una ideología denota algo diferente: se apodera de nosotros con una cautivadora imagen de la realidad. Siguiendo con la metáfora óptica, la ideología se apropia de un campo visual indefinido y lo enfoca de manera que los objetos aparecen en una relación predeterminada entre unos y otros. Las ideologías políticas que nacieron de la Revolución francesa fueron particularmente vigorosas porque tenían imágenes que revelaban la forma en que el presente emergió de un pasado comprensible y se dirigía hacia un futuro inteligible. En Europa dos grandes narrativas compitieron por captar la atención. Luego esto se extendió a todo el mundo: una narrativa progresiva, que culminaba en una revolución liberadora, y otra apocalíptica, que llegaba a su fin con la restauración del orden natural de las cosas.
La narrativa ideológica de la izquierda europea era una mezcla entre Prometeo encadenado y la vida de Jesús. Se asumía que la humanidad era igual a los dioses, pero estaba encadenada a la roca de la Historia por la religión, las jerarquías, la propiedad y la falsa conciencia. Durante miles de años todo siguió igual hasta que en 1789 se produjo el milagro de la encarnación y el espíritu de libertad e igualdad se hizo carne. El problema fue que a este milagro no le siguió una redención. Del mismo modo que los seguidores de Jesús debían realizar cierta labor teológica mientras el segundo advenimiento continuara aplazándose, durante los siglos XIX y XX la izquierda desarrolló una apologética revolucionaria para dar sentido a esa decepción histórica. Enseñó que, aunque la Revolución francesa cayó en el Terror y el despotismo napoleónico, preparó el camino para las revoluciones paneuropeas de 1848. Su vida fue corta, pero inspiraron la Comuna de París. Esta duró solo algunos meses, pero sirvió de ejemplo para la Revolución de febrero de 1917. Es cierto que luego la sucedieron la Revolución de octubre y el terror de Stalin. Pero, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, el peregrinaje de la revolución se abrió paso hasta China y los países del Tercer Mundo, globalizando así la lucha contra el capitalismo y el imperialismo. Luego vino Camboya y la música dejó de sonar.
En Europa la derecha contrarrevolucionaria, a pesar de que en lo político fue mucho más fuerte durante el siglo XIX, no logró ofrecer una narrativa tan gloriosa como la de la izquierda. Formada en la reacción y bajo coacción, era oscura y menos inspiradora. Sin embargo, en momentos de crisis podía ser muy convincente. La historia que narraba era una mezcla entre la leyenda del hombre artificialmente creado por ritos cabalísticos y el Libro de las Revelaciones. En la versión más conocida de la historia del gólem, un rabino inserta en la boca de una figura de arcilla un pedazo de papel donde está escrito el nombre de Dios. La figura cobra vida y encolerizada se dirige a un gueto judío donde siembra el terror entre los habitantes hasta que el rabino le arrebata el papel de la boca. Si pensamos en el gólem como le peuple, en la hoja de papel como los escritos de Voltaire y Rousseau, y en la destrucción del gueto como el Terror, nos hemos adentrado en la mente de la derecha reaccionaria.
En la leyenda el rabino logra amansar al gólem. Sin embargo, las fuerzas de la reacción nunca lograron controlar a las fuerzas revolucionarias que también tenían causas científicas, económicas y tecnológicas. Los ferrocarriles formaron una red de líneas a través del paisaje intacto. Las ciudades reemplazaron a aldeas y fincas; las fábricas, a las granjas; las escuelas laicas, a las religiosas; los políticos barbudos, a duques y condes; y los campesinos se convirtieron en una masa de trabajadores embrutecidos. A medida que avanzaba el siglo, la derecha romántica que soñaba con restaurar una era de dulzura e ilustración se transformó en una derecha apocalíptica, convencida de estar viviendo la Gran Tribulación. Y cuando la inesperada Revolución rusa triunfó y el marxismo pasó de ser una pequeña secta a una poderosa fuerza global, el rostro del anticristo quedó al descubierto para que el mundo lo viera. La batalla final había comenzado y a ella saltaron redentores nacionalistas que gobernaban a sus pueblos con mano de hierro y “pisotearon el lagar del vino del furor, y de la ira del Dios Todopoderoso” (Apocalipsis 19:15). Nos hemos adentrado a la mente del fascismo.
Hablar de estos asuntos es –transcurridas dos décadas– conjurar un mundo perdido. El intento por transmitir a los jóvenes estudiantes de hoy –americanos, europeos e incluso chinos– el gran drama de la vida política e intelectual entre 1789 y 1989 hace que uno se sienta como un poeta ciego que canta acerca de la Atlántida perdida. Para ellos el fascismo es “el mal radical” y por lo tanto les resulta incomprensible y no pueden entender cómo logró desarrollarse y atraer a millones de personas. Al comunismo, aunque desde luego sirvió “para muchas cosas buenas”, tampoco le ven mucho sentido, sobre todo en la fe que la gente tuvo por la Unión Soviética. Hoy los estudiantes sencillamente no sienten atracción por la ideología, y les resulta difícil imaginar una mente que esté cautiva en ella. Es más fácil para ellos acceder al mundo de las Confesiones de San Agustín que al de Dostoievski y las novelas políticas de Conrad.
Es una bendición con matices. Muchos de quienes tenemos más de cincuenta años recordamos nuestras discusiones con comunistas y sus allegados, y habernos maravillado ante su impresionante –y, al cabo, repugnante– destreza. Con aire indulgente explicaban que lo que para nosotros eran hechos significativos, para ellos resultaba todo lo contrario; que aquello en apariencia trivial, en realidad constituía el meollo del asunto. No parecían llevar anteojeras que ocultaran la realidad. Por el contrario –y este era el problema–, podían ver absolutamente todo y la manera en que se conectaba mediante fuerzas ocultas que operaban a tremendas distancias. Cuando ocurría algún hecho embarazoso, instintivamente se lanzaban a la negación. Pero no pasaba mucho tiempo antes de que comenzaran las explicaciones casuísticas que defendían desde el Muro de Berlín hasta las Brigadas Rojas, pronunciadas con la seguridad de un jesuita en su hábito.
Hoy día ese tipo de gente ya no es común, y es un alivio. Pero hay que admitir que algunas valiosas cualidades intelectuales que desarrollamos para hacerles frente también han ido desapareciendo. Por ejemplo, la curiosidad y la ambición. Los intelectuales anticomunistas solían exponer las razones por las que la historia no puede ser dominada por un sistema o una idea. Las sociedades son demasiado complejas; las motivaciones humanas, demasiado diversas; y las instituciones son demasiado opacas como para obtener una imagen estática de la realidad o discernir las leyes invariables que las rigen. Pero ninguno de los líderes liberales de la Guerra Fría –Raymond Aron, Daniel Bell, Leszek Kołakowski, Isaiah Berlin, Ralf Dahrendorf– pensó que los problemas que abordaba el marxismo fueran imaginarios o estuvieran más allá de la consideración humana. Se resistieron a la teoría marxista porque, a la postre, era inadecuada para la tarea que asumió, no porque su ambición estuviera mal dirigida. (No eran, vale la pena repetirlo, conservadores.) Bell imaginó que el fin de las ideologías liberaría las mentes para investigar las sutiles e inesperadas reacciones entre las esferas políticas, económicas y culturales de la vida social moderna, a medida que se desarrollasen con el tiempo. No imaginó que se marchitara la voluntad misma de investigar. Pero ocurrió.
La izquierda radical no lo ve así. Para ella la era de la ideología nunca terminó. Simplemente, la nueva “visión hegemónica del mundo” ha sustituido al fascismo y al comunismo. Los norteamericanos lo llaman capitalismo democrático y están encantados; los europeos lo denominan neoliberalismo y no están contentos. Hay mucho de verdad en esto. Es difícil negar que el concepto de democracia –no importa cuán incomprendido o vilipendiado sea– es la única forma política que hoy puede reivindicar un reconocimiento global, si no universal. Y es cierto que el crecimiento económico es el objetivo común de los gobiernos de todo el mundo y se ha perseguido –la mayoría de las veces– con una fe irreflexiva en los beneficios sin costo del libre comercio, la desregulación y la inversión extranjera.
Yo iría aún más lejos. La liberación social que se inició en los años sesenta en algunos países occidentales encuentra menos resistencia entre las élites urbanas educadas de casi todas partes, y ha surgido una perspectiva cultural, o al menos un cuestionamiento. Esta visión tiene como axioma la primacía de la autodeterminación individual por encima de los lazos sociales tradicionales, se muestra indiferente hacia asuntos de religión y sexo, y siente a priori la obligación de tolerar a los otros. Desde luego, han surgido poderosas reacciones contra esta perspectiva, incluso en Occidente. Pero fuera del mundo islámico, donde los principios teológicos aún conservan autoridad, cada vez hay menos objeciones que persuadan a la gente que no tiene esos principios. La reciente e increíblemente veloz aceptación de la homosexualidad, e incluso del matrimonio homosexual, en tantos países occidentales –una transformación de la moral y las costumbres tradicionales que carece de precedentes históricos– dice más sobre nuestro tiempo que cualquier otra cosa.
Nos dice que esta es una era libertaria. Esto no obedece a que la democracia esté en marcha (en muchos lugares se halla en retroceso), o a que las munificencias del libre mercado hayan llegado a todos (tenemos una nueva clase de pobres), ni se debe a que ahora seamos libres para hacer lo que nos plazca (sobre todo porque resulta inevitable que los deseos entren en conflicto). No, la nuestra es una era libertaria por omisión: se han atrofiado las ideas o creencias o sentimientos que silenciaban la exigencia de una autonomía individual. No se dio ningún debate público ni se tomó votación alguna al respecto. Tras el fin de la Guerra Fría, simplemente nos encontramos en un mundo en el cual cada avance del principio de libertad en una esfera lo hace avanzar en otras, lo queramos o no. La única libertad que estamos perdiendo es la libertad de elegir nuestras libertades.
No a todo el mundo le gusta esto. La izquierda, sobre todo en Europa y en América Latina, quiere limitar la autonomía económica por el bien público. Sin embargo, de entrada rechaza los límites legales de la autonomía individual en otras esferas, como la vigilancia y la censura en internet, que también podrían servir al bien público. Esa izquierda quiere un ciberespacio sin controles en una economía controlada: una imposibilidad tecnológica y sociológica. En China, Estados Unidos o en cualquier otro lado, a la derecha le gustaría lo contrario: una economía permisiva con una cultura restrictiva, lo que, a la larga, también constituye una imposibilidad. Estamos como el hombre a bordo de un tren que avanza a gran velocidad y quiere detenerlo tirando del asiento de enfrente.
Sin embargo, nuestro libertarismo no es una ideología en el sentido antiguo. Es un dogma. Vale la pena tener en mente la distinción entre ideología y dogma. La ideología trata de conocer a fondo las fuerzas históricas que impulsan a la sociedad y para ello primero tiene que comprenderlas. Eso es justo lo que hicieron las grandes ideologías de los siglos XIX y XX. Lo hicieron demasiado bien. Al ser “totalizadoras” en lo intelectual apoyaron el totalitarismo político. Nuestro libertarismo opera de forma distinta: es sumamente dogmático y, como ocurre con todos los dogmas, sanciona la ignorancia sobre el mundo y ciega a sus seguidores con respecto a sus efectos en ese mundo. Parte de principios liberales básicos: la santidad del individuo, la prioridad de la libertad, la desconfianza de la autoridad pública, la tolerancia, pero no avanza más. No le gusta la realidad, no siente ninguna curiosidad con respecto a cómo llegamos hasta aquí o hacia dónde vamos. No existe una sociología libertaria (sería un oxímoron) ni una psicología o filosofía de la historia. En sentido estricto, tampoco existe una teoría política libertaria, puesto que no alberga ningún interés por las instituciones y no tiene nada que decir acerca de la necesaria y productiva tensión entre los propósitos individuales y los colectivos. No es liberal en un sentido que hubiesen reconocido Montesquieu, los redactores de la Constitución estadounidense, Tocqueville o Mill. Ellos habrían visto el libertarismo como un credo muy similar al sola fide de Lutero: hay que dar a los individuos la máxima libertad en todos los aspectos de su vida y todo estará bien. Y si no, pereat mundus (que perezca el mundo).
La sencillez dogmática del libertarismo explica por qué quienes de otro modo tendrían muy poco en común pueden suscribirlo: son fundamentalistas del small government en la derecha estadounidense, anarquistas de izquierda en Europa y América Latina, profetas de la democratización, absolutistas de las libertades civiles, cruzados de los derechos humanos, evangelistas del crecimiento neoliberal, hackers renegados, fanáticos de las armas, fabricantes de pornografía y economistas de la Escuela de Chicago en todo el mundo. El dogma que los reúne está implícito y no requiere explicación; es una mentalidad, un estado de ánimo, una conjetura: lo que antes se llamaba, sin afán peyorativo, un prejuicio. Mantener una ideología requiere trabajo porque los acontecimientos políticos siempre amenazan su plausibilidad. Hay que modificar las teorías; hay que revisar las revisiones. Puesto que la ideología plantea una explicación sobre la forma en que funciona el mundo, incita y resiste la refutación. En contraste, un dogma no. Por esto nuestra edad libertaria es una era ilegible.
Consideremos dos ejemplos.
Desde la década de 1980 el proyecto de integración económica de la Unión Europea ha estado dominado por el neoliberalismo, una forma poderosa del libertarismo contemporáneo. Hubo razones concretas para ello, relacionadas con ciertos fracasos del Estado benefactor, la indolencia de las economías ralentizadas por empresas estatales, el exceso de regulación y
el poder de los sindicatos. Pero a medida que pasó el tiempo se fueron olvidando las razones y el neoliberalismo se convirtió en lo que es hoy: un dogma que oscurece sus efectos en el mundo real, que no se limitan a lo económico.
Por ejemplo, es repugnante ver cómo los europeos han reaccionado con tanta lentitud a la hora de reconocer hasta qué punto el enfoque neoliberal de la Unión Europea sobre la integración económica pone en riesgo los principios del autogobierno democrático, reconquistados tras la Segunda Guerra Mundial. La democracia trata de la autodeterminación, tanto colectiva como individual. Hasta ahora, las democracias constitucionales modernas se han desarrollado solo dentro del contexto de los Estados-nación soberanos. Existe una explicación. El Estado-nación representa una especie de acuerdo entre la política del imperio y la política de la aldea: tiene el tamaño suficiente como para animar a la gente a pensar más allá de sus intereses locales, pero no es tan grande como para que sientan que no tienen control sobre sus vidas. Proporciona un espacio con límites claros de contestación política y acción colectiva de los ciudadanos que se identifican con él, a la vez que brinda los medios necesarios para que los gobiernos rindan cuentas. Históricamente hablando, se trata de algo muy difícil de lograr.
Desde sus inicios nunca hubo consenso acerca de exactamente qué tipo de truco encarnaba la Unión Europea, aparte de ser una máquina para mantener la paz y generar prosperidad. Todos coincidieron en que eso exigiría una disminución de la soberanía nacional. Pero al principio se pensó muy poco en el establecimiento de procesos democráticos internos, en parte debido a que, tras la experiencia con el fascismo, los Padres Fundadores no confiaban del todo en le peuple. Mucho menos se pensó en la forma de construir una identificación pública dentro de ese proyecto: cómo convertir a escoceses y sicilianos en compatriotas que sientan tener un destino en común y que reconozcan las mismas instituciones. El resultado es que hoy los europeos de a pie no saben qué pensar del “proyecto europeo”.
Ven que las decisiones de peso las toma la burocracia de Bruselas o la Comisión Europea, cuyos miembros no se eligen de modo directo. El Parlamento Europeo sí es elegido, pero no hay partidos paneuropeos que ofrezcan programas integrales para gobernar y sufrir las consecuencias si no consiguen ejecutarlos. Los votantes deben elegir de acuerdo a listas nacionales de candidatos que no pueden prometer nada y tampoco son responsables de nada, lo que alienta el voto irresponsable de protesta. En cuanto a la construcción de una identidad europea, baste señalar que el euro no muestra un solo personaje histórico, lugar o monumento que pudiera resonar entre los ciudadanos, desde Glasgow hasta Taormina, y que pocos conocen el himno que la Unión Europea ha elegido para ellos. (Irónicamente, se trata de la Oda a la alegría.) No solo la inmigración masiva ha hecho tambalear el sentido nacional de un “nosotros” entre los europeos, sino también la continua expansión de las fronteras de la UE hacia el este y sureste y, quién sabe, quizás un día hasta la ribera sur del Mediterráneo. Puesto que Europa ya no cree tener una esencia, un núcleo, una historia compartida o, incluso, fronteras definidas, ¿bajo qué criterios rechazar la afiliación de cualquier otra nación que se diga también de Europa?
No es de extrañar que los ciudadanos de hoy, tanto en las naciones fuertes como en las débiles, se sientan estafados y desconfíen unos de otros. Dado que Grecia y otros países han estado al borde de la quiebra y la UE les ha exigido austeridad, sus ciudadanos sienten, con razón, que pierden control de su destino colectivo. Aunque eso también es cierto para un inquieto público alemán, preocupado por haber firmado un pacto económico suicida con despilfarradores. En los Estados más débiles, los funcionarios nacionales electos, que esperan permanecer en sus cargos a la vez que deben imponer medidas de austeridad, señalan a los alemanes. Los alemanes culpan a las normas de solvencia de la Unión Europea. Por su parte, la UE acusa a los mercados financieros omniscientes, que remiten a las agencias calificadoras de deuda estadounidenses, atendidas en sus cubículos por administradores de empresas con un máster en “Business Administration”, que a falta de mejor alternativa se han convertido en los nuevos soberanos de Europa. Y lo que estos exigen es menos democracia y una mayor dependencia de gobiernos técnicos y de los expertos económicos.
Quienes defienden la Unión Europea nos recuerdan que la paz se ha mantenido con éxito desde hace dos décadas; advierten también que las naciones deben renunciar aún a más soberanía si Europa ha de hacer frente a la volatilidad de los mercados financieros globales y competir con gigantes económicos como China y Estados Unidos. Quizás esto sea así. Una Europa pacificada es una cosa muy valiosa y una UE más poderosa bien podría ser una cosa muy necesaria. Pero no se trata de cosas democráticas.
Mientras Europa socava en silencio las bases de sus democracias de posguerra, Estados Unidos intenta construir otras nuevas sobre la arena.
Históricamente a los estadounidenses siempre se les ha dado mejor vivir la democracia que entenderla. La consideran un derecho de nacimiento y una aspiración universal, no una forma excepcional de gobierno que durante dos milenios fue descartada porque se consideraba ruin, inestable y potencialmente tiránica. En general no están conscientes de que, en Occidente, la democracia pasó de considerarse un régimen irredimible en la Antigüedad clásica a uno potencialmente bueno apenas en el siglo XIX, para luego convertirse en la mejor forma de gobierno después de la Segunda Guerra Mundial, y en el único régimen legítimo hace apenas veinticinco años.
La profesión estadounidense de la ciencia política adolece de la misma amnesia. Durante la Guerra Fría, los académicos, convencidos de la bondad absoluta y única de la democracia, abandonaron el estudio tradicional de las formas no democráticas de gobierno, como monarquía, aristocracia, oligarquía y tiranía, y en vez de eso se dedicaron a distinguir regímenes en una sola línea que iba de la democracia (bueno) hasta el totalitarismo (malo). El juego académico se convirtió entonces en saber dónde colocar, a lo largo de esa línea, todos los demás Estados “autoritarios”. (¿La España de Franco estaba a la derecha de la Indonesia de Suharto, o al revés?) Esta forma de pensar ha dado pie a la ingenua suposición de que, tras la caída de la Unión Soviética, los países de forma natural comenzarían a hacer “transiciones” para pasar de la dictadura y el autoritarismo a la democracia, como atraídos por un imán. Esa confianza se ha evaporado y nuestros politólogos han visto que muchas cosas desagradables pueden crecer bajo el manto de las elecciones. Pero aún quieren aferrarse a su pequeña línea y escriben artículos sobre autoritarismo electoral, autoritarismo competitivo, autoritarismo de clan, pseudodemocracias, aparentes democracias y democracias débiles. Y, para tener cubiertas todas las bases, también escriben sobre “regímenes híbridos”.
Pero en la mente de las clases políticas y periodísticas de Estados Unidos, hoy solo existen dos categorías políticas: la democracia y le déluge. Si uno asume que la democracia es la única forma legítima de gobierno, resulta una distinción perfectamente útil. “Lo que no debe ser no puede ser”, escribió el poeta alemán. Incapaces o simplemente reacios a distinguir las variedades no democráticas que existen en la actualidad, mejor hablamos de sus “reportes de derechos humanos”, que nos dicen mucho menos de lo que pensamos. Recurrimos a organizaciones como Freedom House, un think tank que promueve la democracia y denuncia los abusos a los derechos humanos en el mundo, y publica un influyente informe anual titulado Freedom in the World que, afirma, cuantifica los niveles de libertad en todos los países del mundo. Califica distintos factores (derecho de participación política, libertades civiles, la prensa, etc.), y luego combina esas cifras con un número índice mixto que indica qué país es “libre”, “parcialmente libre” o “no libre”. El documento se lee como un informe de la bolsa de valores: “Este es el séptimo año consecutivo en que los países con descensos superaron a aquellos con mejoras.” En 2013 se confió a los lectores que, según las cifras, durante el año anterior las “ganancias más notables” en el apartado de la libertad fueron en Egipto, Libia, Birmania y Costa de Marfil. Uno no sabe por dónde empezar.
Sin duda la gran sorpresa en la política mundial desde el fin de la Guerra Fría no fue el avance de la democracia liberal sino la reaparición de formas clásicas de gobierno no democrático disfrazadas de modernas. La disolución del Imperio soviético y la “terapia de choque” que siguió produjeron nuevas oligarquías y cleptocracias que tienen a su alcance herramientas innovadoras de financiamiento y comunicación. El avance del islam político ha colocado a millones de musulmanes, que representan una cuarta parte de la población mundial, bajo un gobierno teocrático más restrictivo. Tribus, clanes y grupos sectarios se han convertido en los actores más importantes en los Estados poscoloniales de África y Medio Oriente. China ha vuelto a traer el mercantilismo despótico. Cada una de estas formaciones políticas tiene una naturaleza distintiva que debe entenderse en sus propios términos, no como una forma menor o mayor de la democracia in potencia. El mundo de las naciones sigue siendo lo que siempre ha sido: una pajarera.
Pero la ornitología es complicada y la promoción de la democracia parece mucho más sencilla. A fin de cuentas, ¿no todos los pueblos quieren estar bien gobernados y que se les consulte sobre los asuntos que les afectan? ¿Acaso no anhelan seguridad y un trato justo? ¿No quieren escapar a la humillación de la pobreza? Pues bien, la democracia liberal es la mejor forma de lograr todo eso. Ciertamente, esa es la visión de los Estados Unidos, compartida por muchas personas que viven en países no democráticos. Pero eso no significa que entiendan las implicaciones de la democratización ni que acepten el individualismo social y cultural que de manera inevitable trae consigo. Ningún pueblo se ha vuelto tan libertario como el estadounidense. Valora bienes que el individualismo destruye, como la deferencia a la tradición, el compromiso con un lugar, el respeto a los mayores, las obligaciones con la familia y el clan, la devoción por la piedad y la virtud. Si ellos y nosotros creemos que se puede tener todo a la vez, entonces, ellos y nosotros estamos muy equivocados. Estas son las rocas sobre las cuales, una y otra vez, se estrella la esperanza de una democracia.
La cierto es que, durante el lapso de nuestra vida o la de nuestros hijos y nietos, miles de millones de personas en el mundo jamás vivirán en una democracia. Eso no se debe solo a la cultura y a las costumbres establecidas. Hay que sumar divisiones étnicas, sectarismo religioso, analfabetismo, inequidad económica, fronteras nacionales absurdas, impuestas por las potencias coloniales... la lista es larga. Sin Estado de derecho y una Constitución que se respete, sin burocracias profesionales que traten a los ciudadanos imparcialmente, sin la subordinación de los militares al poder civil, sin órganos reguladores para asegurar la transparencia en las transacciones económicas, sin normas sociales que alienten el compromiso cívico y el cumplimiento de la ley: sin todo esto es imposible una democracia liberal moderna. De modo que, cuando pensamos en las no democracias de hoy, la única pregunta posible sería: ¿cuál es el Plan B?
Nada refleja más la bancarrota del pensamiento político actual que nuestra falta de voluntad para plantearnos esta pregunta, que para la izquierda huele a racismo y para la derecha apesta a derrotismo (y a las dos cosas para los halcones liberales). Pero si las únicas opciones que podemos imaginar son la democracia o le déluge, excluimos la posibilidad de mejorar los regímenes no democráticos sin intentar transformarlos por la fuerza (al estilo norteamericano), o esperando en vano (al estilo europeo) que los tratados de derechos humanos, las intervenciones humanitarias, las sanciones legales, los proyectos de las ong y los blogueros con sus iPhones representen una diferencia duradera. Estas son las características del absoluto delirio que caracteriza a nuestros dos continentes. El próximo Premio Nobel de la Paz no debería recaer en un activista de derechos humanos o en el fundador de una ong, sino en un pensador o en un líder que desarrolle un modelo de teocracia constitucional que dé a los países musulmanes una forma congruente pero limitada de reconocer la autoridad de la ley religiosa y que la haga compatible con el buen gobierno. Esto sería un auténtico logro histórico, si bien no necesariamente democrático.
Por supuesto, nunca se otorgará ese premio, y no solo porque esos pensadores y esos líderes no existen. Reconocer tal logro requeriría abandonar el dogma de que la libertad individual es el único o, incluso, el mayor bien político en todas las circunstancias históricas y aceptar que los trade-offs son inevitables. Esto significaría aceptar que, si existe un camino de la servidumbre a la democracia, largos tramos estarán pavimentados por la no democracia, tal y como ocurrió en Occidente. Empiezo a sentir cierta simpatía por aquellos oficiales norteamericanos que llevaron a cabo la ocupación de Afganistán e Iraq hace diez años y, de inmediato, empezaron a destruir los partidos políticos y los ejércitos existentes, y las instituciones tradicionales de consulta política y de autoridad. La razón más profunda para este colosal error no fue la hubris norteamericana ni su ingenuidad, aunque hubo mucho de eso. La verdad es que no tenían otra forma de pensar alternativas a esta precipitada y, al cabo, engañosa democratización. ¿Adónde tendrían que haber acudido? ¿Qué libros habrían tenido que leer? ¿En qué habrían tenido que apoyarse? Lo único que sabían era la directriz primordial: redactar nuevas constituciones, establecer parlamentos y oficinas presidenciales y, luego, convocar a elecciones. En efecto, tras todo esto llegó el diluvio.
La edad libertaria es una era ilegible. A diferencia de los antiguos maestros pensadores, ha engendrado un nuevo tipo de hubris. Nuestra arrogancia consiste en creer que ya no tenemos que pensar profundamente o poner atención o buscar conexiones, sino que lo único que tenemos que hacer es aferrarnos a nuestros “valores democráticos” y a nuestros modelos económicos y tener fe en el individuo y todo saldrá bien. Al presenciar desagradables escenas de embriaguez intelectual, nos hemos convertido en abstemios satisfechos de sí mismos, distanciados de la historia e incapacitados ante los desafíos que ya se están dando. El fin de la Guerra Fría destruyó cualquier rasgo de confianza en la ideología que pudiera quedar en Occidente. Pero también parece haber destruido nuestra voluntad de entender. Hemos abdicado. El dogma libertario de nuestro tiempo está embrollando nuestras organizaciones políticas, nuestras economías y nuestra cultura y nos ciega a todo esto porque hace que seamos menos curiosos de lo que somos por naturaleza. El mundo que estamos haciendo con nuestras propias manos está tan alejado de nuestra mente como el más remoto agujero negro en el espacio. Alguna vez sentimos nostalgia por el futuro. Hoy tenemos amnesia del presente.
Veinticinco años después, es tiempo de debatir de nuevo sobre la Guerra Fría. En la década posterior a los acontecimientos de 1989 no hablábamos de otra cosa. Ninguno de nosotros previó la rápida desintegración del Imperio soviético, el retorno también veloz de Europa del Este a la democracia constitucional, o la agonía de los movimientos revolucionarios que Moscú apoyó durante tanto tiempo. Ante lo inesperado, de manera atípica nos ocupamos de pensamientos grandilocuentes. ¿Este es el “fin de la Historia”?, “¿qué queda de la izquierda?” Después, la vida siguió su curso y nuestro pensamiento volvió a hacerse pequeño. Europa dirigió su atención a construir una Unión Europea amorfa; Estados Unidos, al islamismo político y la quimera de fundar las democracias árabes; el mundo, en cambio, se concentró en el estudio de la economía liberal, convertida en la esencia de nuestro currículo global. Y así, por estas y otras razones, nos olvidamos de la Guerra Fría y eso parecía algo fabuloso.
No lo fue. La verdad es que no hemos reflexionado lo suficiente acerca del fin de la Guerra Fría y, en especial, acerca del vacío intelectual que dejó atrás. Aunque no sirviera para nada más, la Guerra Fría hacía que nos concentráramos. Las ideologías que estaban en conflicto, cuyos linajes podían remontarse a dos siglos atrás, ofrecían puntos de vista claramente opuestos a los de la realidad política. Ahora que ya no existen, se esperaría que las cosas tuvieran mucha más claridad. Sin embargo, al parecer ocurre justo lo contrario. Nunca, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, y tal vez desde la Revolución rusa, el pensamiento político en Occidente había sido tan superficial y tan desorientado. Todos intuimos que están ocurriendo cambios desastrosos en nuestras sociedades y en otras sociedades cuyos destinos desempeñarán una función importante en moldear la nuestra. Sin embargo, carecemos de conceptos adecuados o, incluso, del vocabulario apropiado para describir el mundo en que vivimos. La conexión entre las palabras y las cosas se ha roto. El fin de la ideología no significa que haya desaparecido la oscuridad. Ha traído una niebla tan espesa que ya no podemos leer lo que está justo frente a nosotros. Vivimos en una era ilegible.
¿Qué es o qué era la ideología? Los diccionarios la definen como un “sistema” de ideas y creencias que tiene la gente para motivar su acción política. Pero la metáfora resulta inadecuada. Toda actividad práctica, no solo la actividad política, implica ideas y creencias. Una ideología denota algo diferente: se apodera de nosotros con una cautivadora imagen de la realidad. Siguiendo con la metáfora óptica, la ideología se apropia de un campo visual indefinido y lo enfoca de manera que los objetos aparecen en una relación predeterminada entre unos y otros. Las ideologías políticas que nacieron de la Revolución francesa fueron particularmente vigorosas porque tenían imágenes que revelaban la forma en que el presente emergió de un pasado comprensible y se dirigía hacia un futuro inteligible. En Europa dos grandes narrativas compitieron por captar la atención. Luego esto se extendió a todo el mundo: una narrativa progresiva, que culminaba en una revolución liberadora, y otra apocalíptica, que llegaba a su fin con la restauración del orden natural de las cosas.
La narrativa ideológica de la izquierda europea era una mezcla entre Prometeo encadenado y la vida de Jesús. Se asumía que la humanidad era igual a los dioses, pero estaba encadenada a la roca de la Historia por la religión, las jerarquías, la propiedad y la falsa conciencia. Durante miles de años todo siguió igual hasta que en 1789 se produjo el milagro de la encarnación y el espíritu de libertad e igualdad se hizo carne. El problema fue que a este milagro no le siguió una redención. Del mismo modo que los seguidores de Jesús debían realizar cierta labor teológica mientras el segundo advenimiento continuara aplazándose, durante los siglos XIX y XX la izquierda desarrolló una apologética revolucionaria para dar sentido a esa decepción histórica. Enseñó que, aunque la Revolución francesa cayó en el Terror y el despotismo napoleónico, preparó el camino para las revoluciones paneuropeas de 1848. Su vida fue corta, pero inspiraron la Comuna de París. Esta duró solo algunos meses, pero sirvió de ejemplo para la Revolución de febrero de 1917. Es cierto que luego la sucedieron la Revolución de octubre y el terror de Stalin. Pero, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, el peregrinaje de la revolución se abrió paso hasta China y los países del Tercer Mundo, globalizando así la lucha contra el capitalismo y el imperialismo. Luego vino Camboya y la música dejó de sonar.
En Europa la derecha contrarrevolucionaria, a pesar de que en lo político fue mucho más fuerte durante el siglo XIX, no logró ofrecer una narrativa tan gloriosa como la de la izquierda. Formada en la reacción y bajo coacción, era oscura y menos inspiradora. Sin embargo, en momentos de crisis podía ser muy convincente. La historia que narraba era una mezcla entre la leyenda del hombre artificialmente creado por ritos cabalísticos y el Libro de las Revelaciones. En la versión más conocida de la historia del gólem, un rabino inserta en la boca de una figura de arcilla un pedazo de papel donde está escrito el nombre de Dios. La figura cobra vida y encolerizada se dirige a un gueto judío donde siembra el terror entre los habitantes hasta que el rabino le arrebata el papel de la boca. Si pensamos en el gólem como le peuple, en la hoja de papel como los escritos de Voltaire y Rousseau, y en la destrucción del gueto como el Terror, nos hemos adentrado en la mente de la derecha reaccionaria.
En la leyenda el rabino logra amansar al gólem. Sin embargo, las fuerzas de la reacción nunca lograron controlar a las fuerzas revolucionarias que también tenían causas científicas, económicas y tecnológicas. Los ferrocarriles formaron una red de líneas a través del paisaje intacto. Las ciudades reemplazaron a aldeas y fincas; las fábricas, a las granjas; las escuelas laicas, a las religiosas; los políticos barbudos, a duques y condes; y los campesinos se convirtieron en una masa de trabajadores embrutecidos. A medida que avanzaba el siglo, la derecha romántica que soñaba con restaurar una era de dulzura e ilustración se transformó en una derecha apocalíptica, convencida de estar viviendo la Gran Tribulación. Y cuando la inesperada Revolución rusa triunfó y el marxismo pasó de ser una pequeña secta a una poderosa fuerza global, el rostro del anticristo quedó al descubierto para que el mundo lo viera. La batalla final había comenzado y a ella saltaron redentores nacionalistas que gobernaban a sus pueblos con mano de hierro y “pisotearon el lagar del vino del furor, y de la ira del Dios Todopoderoso” (Apocalipsis 19:15). Nos hemos adentrado a la mente del fascismo.
Hablar de estos asuntos es –transcurridas dos décadas– conjurar un mundo perdido. El intento por transmitir a los jóvenes estudiantes de hoy –americanos, europeos e incluso chinos– el gran drama de la vida política e intelectual entre 1789 y 1989 hace que uno se sienta como un poeta ciego que canta acerca de la Atlántida perdida. Para ellos el fascismo es “el mal radical” y por lo tanto les resulta incomprensible y no pueden entender cómo logró desarrollarse y atraer a millones de personas. Al comunismo, aunque desde luego sirvió “para muchas cosas buenas”, tampoco le ven mucho sentido, sobre todo en la fe que la gente tuvo por la Unión Soviética. Hoy los estudiantes sencillamente no sienten atracción por la ideología, y les resulta difícil imaginar una mente que esté cautiva en ella. Es más fácil para ellos acceder al mundo de las Confesiones de San Agustín que al de Dostoievski y las novelas políticas de Conrad.
Es una bendición con matices. Muchos de quienes tenemos más de cincuenta años recordamos nuestras discusiones con comunistas y sus allegados, y habernos maravillado ante su impresionante –y, al cabo, repugnante– destreza. Con aire indulgente explicaban que lo que para nosotros eran hechos significativos, para ellos resultaba todo lo contrario; que aquello en apariencia trivial, en realidad constituía el meollo del asunto. No parecían llevar anteojeras que ocultaran la realidad. Por el contrario –y este era el problema–, podían ver absolutamente todo y la manera en que se conectaba mediante fuerzas ocultas que operaban a tremendas distancias. Cuando ocurría algún hecho embarazoso, instintivamente se lanzaban a la negación. Pero no pasaba mucho tiempo antes de que comenzaran las explicaciones casuísticas que defendían desde el Muro de Berlín hasta las Brigadas Rojas, pronunciadas con la seguridad de un jesuita en su hábito.
Hoy día ese tipo de gente ya no es común, y es un alivio. Pero hay que admitir que algunas valiosas cualidades intelectuales que desarrollamos para hacerles frente también han ido desapareciendo. Por ejemplo, la curiosidad y la ambición. Los intelectuales anticomunistas solían exponer las razones por las que la historia no puede ser dominada por un sistema o una idea. Las sociedades son demasiado complejas; las motivaciones humanas, demasiado diversas; y las instituciones son demasiado opacas como para obtener una imagen estática de la realidad o discernir las leyes invariables que las rigen. Pero ninguno de los líderes liberales de la Guerra Fría –Raymond Aron, Daniel Bell, Leszek Kołakowski, Isaiah Berlin, Ralf Dahrendorf– pensó que los problemas que abordaba el marxismo fueran imaginarios o estuvieran más allá de la consideración humana. Se resistieron a la teoría marxista porque, a la postre, era inadecuada para la tarea que asumió, no porque su ambición estuviera mal dirigida. (No eran, vale la pena repetirlo, conservadores.) Bell imaginó que el fin de las ideologías liberaría las mentes para investigar las sutiles e inesperadas reacciones entre las esferas políticas, económicas y culturales de la vida social moderna, a medida que se desarrollasen con el tiempo. No imaginó que se marchitara la voluntad misma de investigar. Pero ocurrió.
La izquierda radical no lo ve así. Para ella la era de la ideología nunca terminó. Simplemente, la nueva “visión hegemónica del mundo” ha sustituido al fascismo y al comunismo. Los norteamericanos lo llaman capitalismo democrático y están encantados; los europeos lo denominan neoliberalismo y no están contentos. Hay mucho de verdad en esto. Es difícil negar que el concepto de democracia –no importa cuán incomprendido o vilipendiado sea– es la única forma política que hoy puede reivindicar un reconocimiento global, si no universal. Y es cierto que el crecimiento económico es el objetivo común de los gobiernos de todo el mundo y se ha perseguido –la mayoría de las veces– con una fe irreflexiva en los beneficios sin costo del libre comercio, la desregulación y la inversión extranjera.
Yo iría aún más lejos. La liberación social que se inició en los años sesenta en algunos países occidentales encuentra menos resistencia entre las élites urbanas educadas de casi todas partes, y ha surgido una perspectiva cultural, o al menos un cuestionamiento. Esta visión tiene como axioma la primacía de la autodeterminación individual por encima de los lazos sociales tradicionales, se muestra indiferente hacia asuntos de religión y sexo, y siente a priori la obligación de tolerar a los otros. Desde luego, han surgido poderosas reacciones contra esta perspectiva, incluso en Occidente. Pero fuera del mundo islámico, donde los principios teológicos aún conservan autoridad, cada vez hay menos objeciones que persuadan a la gente que no tiene esos principios. La reciente e increíblemente veloz aceptación de la homosexualidad, e incluso del matrimonio homosexual, en tantos países occidentales –una transformación de la moral y las costumbres tradicionales que carece de precedentes históricos– dice más sobre nuestro tiempo que cualquier otra cosa.
Nos dice que esta es una era libertaria. Esto no obedece a que la democracia esté en marcha (en muchos lugares se halla en retroceso), o a que las munificencias del libre mercado hayan llegado a todos (tenemos una nueva clase de pobres), ni se debe a que ahora seamos libres para hacer lo que nos plazca (sobre todo porque resulta inevitable que los deseos entren en conflicto). No, la nuestra es una era libertaria por omisión: se han atrofiado las ideas o creencias o sentimientos que silenciaban la exigencia de una autonomía individual. No se dio ningún debate público ni se tomó votación alguna al respecto. Tras el fin de la Guerra Fría, simplemente nos encontramos en un mundo en el cual cada avance del principio de libertad en una esfera lo hace avanzar en otras, lo queramos o no. La única libertad que estamos perdiendo es la libertad de elegir nuestras libertades.
No a todo el mundo le gusta esto. La izquierda, sobre todo en Europa y en América Latina, quiere limitar la autonomía económica por el bien público. Sin embargo, de entrada rechaza los límites legales de la autonomía individual en otras esferas, como la vigilancia y la censura en internet, que también podrían servir al bien público. Esa izquierda quiere un ciberespacio sin controles en una economía controlada: una imposibilidad tecnológica y sociológica. En China, Estados Unidos o en cualquier otro lado, a la derecha le gustaría lo contrario: una economía permisiva con una cultura restrictiva, lo que, a la larga, también constituye una imposibilidad. Estamos como el hombre a bordo de un tren que avanza a gran velocidad y quiere detenerlo tirando del asiento de enfrente.
Sin embargo, nuestro libertarismo no es una ideología en el sentido antiguo. Es un dogma. Vale la pena tener en mente la distinción entre ideología y dogma. La ideología trata de conocer a fondo las fuerzas históricas que impulsan a la sociedad y para ello primero tiene que comprenderlas. Eso es justo lo que hicieron las grandes ideologías de los siglos XIX y XX. Lo hicieron demasiado bien. Al ser “totalizadoras” en lo intelectual apoyaron el totalitarismo político. Nuestro libertarismo opera de forma distinta: es sumamente dogmático y, como ocurre con todos los dogmas, sanciona la ignorancia sobre el mundo y ciega a sus seguidores con respecto a sus efectos en ese mundo. Parte de principios liberales básicos: la santidad del individuo, la prioridad de la libertad, la desconfianza de la autoridad pública, la tolerancia, pero no avanza más. No le gusta la realidad, no siente ninguna curiosidad con respecto a cómo llegamos hasta aquí o hacia dónde vamos. No existe una sociología libertaria (sería un oxímoron) ni una psicología o filosofía de la historia. En sentido estricto, tampoco existe una teoría política libertaria, puesto que no alberga ningún interés por las instituciones y no tiene nada que decir acerca de la necesaria y productiva tensión entre los propósitos individuales y los colectivos. No es liberal en un sentido que hubiesen reconocido Montesquieu, los redactores de la Constitución estadounidense, Tocqueville o Mill. Ellos habrían visto el libertarismo como un credo muy similar al sola fide de Lutero: hay que dar a los individuos la máxima libertad en todos los aspectos de su vida y todo estará bien. Y si no, pereat mundus (que perezca el mundo).
La sencillez dogmática del libertarismo explica por qué quienes de otro modo tendrían muy poco en común pueden suscribirlo: son fundamentalistas del small government en la derecha estadounidense, anarquistas de izquierda en Europa y América Latina, profetas de la democratización, absolutistas de las libertades civiles, cruzados de los derechos humanos, evangelistas del crecimiento neoliberal, hackers renegados, fanáticos de las armas, fabricantes de pornografía y economistas de la Escuela de Chicago en todo el mundo. El dogma que los reúne está implícito y no requiere explicación; es una mentalidad, un estado de ánimo, una conjetura: lo que antes se llamaba, sin afán peyorativo, un prejuicio. Mantener una ideología requiere trabajo porque los acontecimientos políticos siempre amenazan su plausibilidad. Hay que modificar las teorías; hay que revisar las revisiones. Puesto que la ideología plantea una explicación sobre la forma en que funciona el mundo, incita y resiste la refutación. En contraste, un dogma no. Por esto nuestra edad libertaria es una era ilegible.
Consideremos dos ejemplos.
Desde la década de 1980 el proyecto de integración económica de la Unión Europea ha estado dominado por el neoliberalismo, una forma poderosa del libertarismo contemporáneo. Hubo razones concretas para ello, relacionadas con ciertos fracasos del Estado benefactor, la indolencia de las economías ralentizadas por empresas estatales, el exceso de regulación y
el poder de los sindicatos. Pero a medida que pasó el tiempo se fueron olvidando las razones y el neoliberalismo se convirtió en lo que es hoy: un dogma que oscurece sus efectos en el mundo real, que no se limitan a lo económico.
Por ejemplo, es repugnante ver cómo los europeos han reaccionado con tanta lentitud a la hora de reconocer hasta qué punto el enfoque neoliberal de la Unión Europea sobre la integración económica pone en riesgo los principios del autogobierno democrático, reconquistados tras la Segunda Guerra Mundial. La democracia trata de la autodeterminación, tanto colectiva como individual. Hasta ahora, las democracias constitucionales modernas se han desarrollado solo dentro del contexto de los Estados-nación soberanos. Existe una explicación. El Estado-nación representa una especie de acuerdo entre la política del imperio y la política de la aldea: tiene el tamaño suficiente como para animar a la gente a pensar más allá de sus intereses locales, pero no es tan grande como para que sientan que no tienen control sobre sus vidas. Proporciona un espacio con límites claros de contestación política y acción colectiva de los ciudadanos que se identifican con él, a la vez que brinda los medios necesarios para que los gobiernos rindan cuentas. Históricamente hablando, se trata de algo muy difícil de lograr.
Desde sus inicios nunca hubo consenso acerca de exactamente qué tipo de truco encarnaba la Unión Europea, aparte de ser una máquina para mantener la paz y generar prosperidad. Todos coincidieron en que eso exigiría una disminución de la soberanía nacional. Pero al principio se pensó muy poco en el establecimiento de procesos democráticos internos, en parte debido a que, tras la experiencia con el fascismo, los Padres Fundadores no confiaban del todo en le peuple. Mucho menos se pensó en la forma de construir una identificación pública dentro de ese proyecto: cómo convertir a escoceses y sicilianos en compatriotas que sientan tener un destino en común y que reconozcan las mismas instituciones. El resultado es que hoy los europeos de a pie no saben qué pensar del “proyecto europeo”.
Ven que las decisiones de peso las toma la burocracia de Bruselas o la Comisión Europea, cuyos miembros no se eligen de modo directo. El Parlamento Europeo sí es elegido, pero no hay partidos paneuropeos que ofrezcan programas integrales para gobernar y sufrir las consecuencias si no consiguen ejecutarlos. Los votantes deben elegir de acuerdo a listas nacionales de candidatos que no pueden prometer nada y tampoco son responsables de nada, lo que alienta el voto irresponsable de protesta. En cuanto a la construcción de una identidad europea, baste señalar que el euro no muestra un solo personaje histórico, lugar o monumento que pudiera resonar entre los ciudadanos, desde Glasgow hasta Taormina, y que pocos conocen el himno que la Unión Europea ha elegido para ellos. (Irónicamente, se trata de la Oda a la alegría.) No solo la inmigración masiva ha hecho tambalear el sentido nacional de un “nosotros” entre los europeos, sino también la continua expansión de las fronteras de la UE hacia el este y sureste y, quién sabe, quizás un día hasta la ribera sur del Mediterráneo. Puesto que Europa ya no cree tener una esencia, un núcleo, una historia compartida o, incluso, fronteras definidas, ¿bajo qué criterios rechazar la afiliación de cualquier otra nación que se diga también de Europa?
No es de extrañar que los ciudadanos de hoy, tanto en las naciones fuertes como en las débiles, se sientan estafados y desconfíen unos de otros. Dado que Grecia y otros países han estado al borde de la quiebra y la UE les ha exigido austeridad, sus ciudadanos sienten, con razón, que pierden control de su destino colectivo. Aunque eso también es cierto para un inquieto público alemán, preocupado por haber firmado un pacto económico suicida con despilfarradores. En los Estados más débiles, los funcionarios nacionales electos, que esperan permanecer en sus cargos a la vez que deben imponer medidas de austeridad, señalan a los alemanes. Los alemanes culpan a las normas de solvencia de la Unión Europea. Por su parte, la UE acusa a los mercados financieros omniscientes, que remiten a las agencias calificadoras de deuda estadounidenses, atendidas en sus cubículos por administradores de empresas con un máster en “Business Administration”, que a falta de mejor alternativa se han convertido en los nuevos soberanos de Europa. Y lo que estos exigen es menos democracia y una mayor dependencia de gobiernos técnicos y de los expertos económicos.
Quienes defienden la Unión Europea nos recuerdan que la paz se ha mantenido con éxito desde hace dos décadas; advierten también que las naciones deben renunciar aún a más soberanía si Europa ha de hacer frente a la volatilidad de los mercados financieros globales y competir con gigantes económicos como China y Estados Unidos. Quizás esto sea así. Una Europa pacificada es una cosa muy valiosa y una UE más poderosa bien podría ser una cosa muy necesaria. Pero no se trata de cosas democráticas.
Mientras Europa socava en silencio las bases de sus democracias de posguerra, Estados Unidos intenta construir otras nuevas sobre la arena.
Históricamente a los estadounidenses siempre se les ha dado mejor vivir la democracia que entenderla. La consideran un derecho de nacimiento y una aspiración universal, no una forma excepcional de gobierno que durante dos milenios fue descartada porque se consideraba ruin, inestable y potencialmente tiránica. En general no están conscientes de que, en Occidente, la democracia pasó de considerarse un régimen irredimible en la Antigüedad clásica a uno potencialmente bueno apenas en el siglo XIX, para luego convertirse en la mejor forma de gobierno después de la Segunda Guerra Mundial, y en el único régimen legítimo hace apenas veinticinco años.
La profesión estadounidense de la ciencia política adolece de la misma amnesia. Durante la Guerra Fría, los académicos, convencidos de la bondad absoluta y única de la democracia, abandonaron el estudio tradicional de las formas no democráticas de gobierno, como monarquía, aristocracia, oligarquía y tiranía, y en vez de eso se dedicaron a distinguir regímenes en una sola línea que iba de la democracia (bueno) hasta el totalitarismo (malo). El juego académico se convirtió entonces en saber dónde colocar, a lo largo de esa línea, todos los demás Estados “autoritarios”. (¿La España de Franco estaba a la derecha de la Indonesia de Suharto, o al revés?) Esta forma de pensar ha dado pie a la ingenua suposición de que, tras la caída de la Unión Soviética, los países de forma natural comenzarían a hacer “transiciones” para pasar de la dictadura y el autoritarismo a la democracia, como atraídos por un imán. Esa confianza se ha evaporado y nuestros politólogos han visto que muchas cosas desagradables pueden crecer bajo el manto de las elecciones. Pero aún quieren aferrarse a su pequeña línea y escriben artículos sobre autoritarismo electoral, autoritarismo competitivo, autoritarismo de clan, pseudodemocracias, aparentes democracias y democracias débiles. Y, para tener cubiertas todas las bases, también escriben sobre “regímenes híbridos”.
Pero en la mente de las clases políticas y periodísticas de Estados Unidos, hoy solo existen dos categorías políticas: la democracia y le déluge. Si uno asume que la democracia es la única forma legítima de gobierno, resulta una distinción perfectamente útil. “Lo que no debe ser no puede ser”, escribió el poeta alemán. Incapaces o simplemente reacios a distinguir las variedades no democráticas que existen en la actualidad, mejor hablamos de sus “reportes de derechos humanos”, que nos dicen mucho menos de lo que pensamos. Recurrimos a organizaciones como Freedom House, un think tank que promueve la democracia y denuncia los abusos a los derechos humanos en el mundo, y publica un influyente informe anual titulado Freedom in the World que, afirma, cuantifica los niveles de libertad en todos los países del mundo. Califica distintos factores (derecho de participación política, libertades civiles, la prensa, etc.), y luego combina esas cifras con un número índice mixto que indica qué país es “libre”, “parcialmente libre” o “no libre”. El documento se lee como un informe de la bolsa de valores: “Este es el séptimo año consecutivo en que los países con descensos superaron a aquellos con mejoras.” En 2013 se confió a los lectores que, según las cifras, durante el año anterior las “ganancias más notables” en el apartado de la libertad fueron en Egipto, Libia, Birmania y Costa de Marfil. Uno no sabe por dónde empezar.
Sin duda la gran sorpresa en la política mundial desde el fin de la Guerra Fría no fue el avance de la democracia liberal sino la reaparición de formas clásicas de gobierno no democrático disfrazadas de modernas. La disolución del Imperio soviético y la “terapia de choque” que siguió produjeron nuevas oligarquías y cleptocracias que tienen a su alcance herramientas innovadoras de financiamiento y comunicación. El avance del islam político ha colocado a millones de musulmanes, que representan una cuarta parte de la población mundial, bajo un gobierno teocrático más restrictivo. Tribus, clanes y grupos sectarios se han convertido en los actores más importantes en los Estados poscoloniales de África y Medio Oriente. China ha vuelto a traer el mercantilismo despótico. Cada una de estas formaciones políticas tiene una naturaleza distintiva que debe entenderse en sus propios términos, no como una forma menor o mayor de la democracia in potencia. El mundo de las naciones sigue siendo lo que siempre ha sido: una pajarera.
Pero la ornitología es complicada y la promoción de la democracia parece mucho más sencilla. A fin de cuentas, ¿no todos los pueblos quieren estar bien gobernados y que se les consulte sobre los asuntos que les afectan? ¿Acaso no anhelan seguridad y un trato justo? ¿No quieren escapar a la humillación de la pobreza? Pues bien, la democracia liberal es la mejor forma de lograr todo eso. Ciertamente, esa es la visión de los Estados Unidos, compartida por muchas personas que viven en países no democráticos. Pero eso no significa que entiendan las implicaciones de la democratización ni que acepten el individualismo social y cultural que de manera inevitable trae consigo. Ningún pueblo se ha vuelto tan libertario como el estadounidense. Valora bienes que el individualismo destruye, como la deferencia a la tradición, el compromiso con un lugar, el respeto a los mayores, las obligaciones con la familia y el clan, la devoción por la piedad y la virtud. Si ellos y nosotros creemos que se puede tener todo a la vez, entonces, ellos y nosotros estamos muy equivocados. Estas son las rocas sobre las cuales, una y otra vez, se estrella la esperanza de una democracia.
La cierto es que, durante el lapso de nuestra vida o la de nuestros hijos y nietos, miles de millones de personas en el mundo jamás vivirán en una democracia. Eso no se debe solo a la cultura y a las costumbres establecidas. Hay que sumar divisiones étnicas, sectarismo religioso, analfabetismo, inequidad económica, fronteras nacionales absurdas, impuestas por las potencias coloniales... la lista es larga. Sin Estado de derecho y una Constitución que se respete, sin burocracias profesionales que traten a los ciudadanos imparcialmente, sin la subordinación de los militares al poder civil, sin órganos reguladores para asegurar la transparencia en las transacciones económicas, sin normas sociales que alienten el compromiso cívico y el cumplimiento de la ley: sin todo esto es imposible una democracia liberal moderna. De modo que, cuando pensamos en las no democracias de hoy, la única pregunta posible sería: ¿cuál es el Plan B?
Nada refleja más la bancarrota del pensamiento político actual que nuestra falta de voluntad para plantearnos esta pregunta, que para la izquierda huele a racismo y para la derecha apesta a derrotismo (y a las dos cosas para los halcones liberales). Pero si las únicas opciones que podemos imaginar son la democracia o le déluge, excluimos la posibilidad de mejorar los regímenes no democráticos sin intentar transformarlos por la fuerza (al estilo norteamericano), o esperando en vano (al estilo europeo) que los tratados de derechos humanos, las intervenciones humanitarias, las sanciones legales, los proyectos de las ong y los blogueros con sus iPhones representen una diferencia duradera. Estas son las características del absoluto delirio que caracteriza a nuestros dos continentes. El próximo Premio Nobel de la Paz no debería recaer en un activista de derechos humanos o en el fundador de una ong, sino en un pensador o en un líder que desarrolle un modelo de teocracia constitucional que dé a los países musulmanes una forma congruente pero limitada de reconocer la autoridad de la ley religiosa y que la haga compatible con el buen gobierno. Esto sería un auténtico logro histórico, si bien no necesariamente democrático.
Por supuesto, nunca se otorgará ese premio, y no solo porque esos pensadores y esos líderes no existen. Reconocer tal logro requeriría abandonar el dogma de que la libertad individual es el único o, incluso, el mayor bien político en todas las circunstancias históricas y aceptar que los trade-offs son inevitables. Esto significaría aceptar que, si existe un camino de la servidumbre a la democracia, largos tramos estarán pavimentados por la no democracia, tal y como ocurrió en Occidente. Empiezo a sentir cierta simpatía por aquellos oficiales norteamericanos que llevaron a cabo la ocupación de Afganistán e Iraq hace diez años y, de inmediato, empezaron a destruir los partidos políticos y los ejércitos existentes, y las instituciones tradicionales de consulta política y de autoridad. La razón más profunda para este colosal error no fue la hubris norteamericana ni su ingenuidad, aunque hubo mucho de eso. La verdad es que no tenían otra forma de pensar alternativas a esta precipitada y, al cabo, engañosa democratización. ¿Adónde tendrían que haber acudido? ¿Qué libros habrían tenido que leer? ¿En qué habrían tenido que apoyarse? Lo único que sabían era la directriz primordial: redactar nuevas constituciones, establecer parlamentos y oficinas presidenciales y, luego, convocar a elecciones. En efecto, tras todo esto llegó el diluvio.
La edad libertaria es una era ilegible. A diferencia de los antiguos maestros pensadores, ha engendrado un nuevo tipo de hubris. Nuestra arrogancia consiste en creer que ya no tenemos que pensar profundamente o poner atención o buscar conexiones, sino que lo único que tenemos que hacer es aferrarnos a nuestros “valores democráticos” y a nuestros modelos económicos y tener fe en el individuo y todo saldrá bien. Al presenciar desagradables escenas de embriaguez intelectual, nos hemos convertido en abstemios satisfechos de sí mismos, distanciados de la historia e incapacitados ante los desafíos que ya se están dando. El fin de la Guerra Fría destruyó cualquier rasgo de confianza en la ideología que pudiera quedar en Occidente. Pero también parece haber destruido nuestra voluntad de entender. Hemos abdicado. El dogma libertario de nuestro tiempo está embrollando nuestras organizaciones políticas, nuestras economías y nuestra cultura y nos ciega a todo esto porque hace que seamos menos curiosos de lo que somos por naturaleza. El mundo que estamos haciendo con nuestras propias manos está tan alejado de nuestra mente como el más remoto agujero negro en el espacio. Alguna vez sentimos nostalgia por el futuro. Hoy tenemos amnesia del presente.
La democracia no es la tiranía de las mayorías
Entiendo que lo más peligroso y dañino de nuestra época consiste en las dictaduras con fachada electoral. Este desbarranque lo previeron notables personalidades como Thomas Jefferson, quien advirtió en 1782 que "un despotismo electo no es por lo que luchamos", por ello es que, junto con los otros Padres Fundadores en los Estados Unidos, insistían en la permanente desconfianza y limitación al poder como eje central de toda la filosofía sobre la que descansaba lo que fue la experiencia más fértil en la historia de la humanidad.
Toda la tradición de la democracia tuvo siempre en cuenta que su aspecto medular y su razón de ser consiste en el respeto a las minorías por parte de las mayorías. En nuestra época Giovanni Sartori, el autor más destacado en esta materia, escribe: "El argumento es que cuando la democracia se asimila a la regla de la mayoría pura y simple, esa asimilación convierte a un sector del demos en no-demos. A la inversa, la democracia concebida como el gobierno mayoritario limitado por los derechos de la minoría se corresponde a todo el pueblo, es decir, a la suma total de la mayoría y la minoría". Desde Cicerón, cuando apuntaba que "el imperio de la multitud no es menos tiránico que el de un hombre solo", existe la preocupación por las mayorías ilimitadas. Sin excepción, la tradición democrática ha señalado una y otra vez las amenazas para la libertad y los derechos al guiarse sólo por los números. Como bien ha destacado el constitucionalista Juan González Calderón, los defensores de semejante sistema ni de números saben puesto que parten de dos ecuaciones falsas: 50% más 1%= 100% y 50% menos 1%= 0%.
Esta payasada sumamente peligrosa consiste en que las mayorías enquistadas en el poder arrasan con la justicia designando supuestos jueces que son adictos al Ejecutivo y, de la misma manera, proceden con todos los organismos de control. Una vez que se alzan con la suma del poder atropellan lisa y llanamente los derechos de las personas, mientras compran votos con políticas dadivosas a costa del fruto del trabajo ajeno y deterioran así sensiblemente el andamiaje jurídico y la productividad; en consecuencia, las grietas en la economía son cada vez más anchas y profundas.
Mientras los votos apoyen, los sátrapas modernos siguen su trayectoria de aniquilar el progreso y destruir a las personas que mantienen su autoestima y su sentido de dignidad. Se cumple así la profecía de Aldous Huxley en el sentido de que hay quienes piden ser esclavizados a cambio de pan y circo, aunque la calidad de lo uno y lo otro se deteriore a pasos agigantados en el contexto de un espectáculo denigrante de servilismo y mansedumbre superlativa, en el que se renuncia a la condición humana, es decir, se renuncia a la libertad.
En todo esto hay un problema de fondo que debe revisarse. Nunca se llega a una meta final, todo debe reconsiderarse puesto que el conocimiento es de carácter provisional, sujeto a refutación. Los esfuerzos por liberarse de las monarquías absolutas han sido inmensos, por lo que no resulta admisible aceptar sin más la tiranía de la mayoría. Hitler es el ejemplo más ilustrativo de procesos electorales que incluyen la posibilidad de un zarpazo final extremo, pero hoy en día se exhiben muchos más, no sólo en América latina con los seguidores autoritarios de Chávez en diversos países y de la Rusia de Putin, sino que, con menos grosería, aparece en diversas naciones europeas y nada menos que en los Estados Unidos, donde deudas y gastos públicos elefantiásicos, junto con crecientes regulaciones que asfixian la energía creadora, vienen carcomiendo las bases de la sociedad abierta, todo bajo el manto de los votos que parecerían santifican cualquier desmán.
Frente a tamaña demolición hay sólo dos acciones posibles: esperar un milagro, en el sentido de que se reviertan los problemas automáticamente con el idéntico sistema que prepara incentivos perversos a través de coaliciones y alianzas, o trabajamos usamos nuestras neuronas para imaginar nuevas y más efectivas limitaciones al Leviatán tendientes a preservar los derechos de todos. En este último sentido, en lo personal, he recordado en otras oportunidades las esperanzadoras sugerencias de Bruno Leoni para el Poder Judicial, de Friedrich Hayek para el Legislativo y la propuesta de Montesquieu aplicable al Ejecutivo.
Si estas medidas no se consideraran suficientemente adecuadas, es urgente pensar en otras, pero no es aceptable quedarse de brazos cruzados. Concretamente, me estoy dirigiendo al lector de estas líneas que, considero, no debe endosar un asunto de tanta relevancia sobre las espaldas de otros. Es necesario que cada uno asuma su responsabilidad ya que se trata del respeto de todos. Resulta indispensable abrir un debate en este terreno y actuar en una dirección opuesta a lo que en gran medida viene ocurriendo, léase que se espera que con las mismas instituciones suceda algo distinto de lo que viene sucediendo de un largo tiempo a esta parte.
Es una afrenta y un insulto a la inteligencia denominar "democracia" a lo dscripto. Se trata claramente de cleptocracia, a saber, gobiernos de ladrones de libertades, de propiedades y de sueños de vida. No puede caerse en la trampa de mantener que estamos frente a "procesos democráticos" cuando los desquicios actuales de los aparatos estatales, teóricamente encargados de velar por los derechos de la gente, los conculcan de la manera más cruel y proceden como si fueran mandantes en lugar de simples mandatarios.
Herbert Spencer ha escrito que debemos estar muy atentos para que mayorías en el Parlamento no terminen por destrozar todo lo que se ha construido trabajosamente para proteger las autonomías individuales. Bertrand de Jouvenel nos ha enseñado que la soberanía corresponde al individuo y que la llamada "soberanía del pueblo" es una ficción por la que se oculta el avasallamiento de las libertades, y Benjamin Constant consigna que "la voluntad de todo un pueblo no puede convertir en justo aquello que es injusto".
Sin duda que esta ruleta rusa de las mayorías ilimitadas partió de ámbitos educativos que vienen machacando con que, cuando todo se somete al número, "estamos en democracia", con lo que se le da la espalda a la esencia misma de esa noble tradición. Parecería que si la mayoría decide degollar a los pelirrojos, éstos deben ofrecer el pescuezo en nombre de "la democracia".
Como una medida precautoria y para mayor precisión, en algunas constituciones se recurrió deliberadamente a la expresión república para enfatizar en temas vitales como la igualdad ante la ley, la publicidad de los actos de gobierno, la división de poderes y la alternancia en el poder. Hoy observamos azorados las reiteradas reformas constitucionales fabricadas por megalómanos para introducir la posibilidad de reelecciones (y, a veces, reelecciones indefinidas, con descarados fraudes electorales de diversa índole).
Naturalmente, la visión degradada de la democracia se debe también a que, en muchas de las casas de estudio, se propugna el engrosamiento de los aparatos estatales y la notable reducción de los territorios en los que pueden desenvolverse las personas. Entonces, en última instancia, la solución de estos problemas mayúsculos estriba en una educación compatible con los valores y principios de la sociedad abierta.
Uno de los tantos ejemplos de deslizamiento hacia el estatismo estriba en el tan citado "principio de subsidiaridad". En esta instancia del proceso de evolución cultural, las funciones del monopolio de la fuerza están principalmente referidas a la protección de derechos, pero nunca son subsidiarias puesto que, si los privados no encaran cierta actividad es porque prefieren destinar esfuerzos y recursos a otros campos y, como aquéllos son escasos, no puede hacerse todo al mismo tiempo. Es del todo impertinente e improcedente que los gobiernos irrumpan en las áreas en que las personas han decidido no participar según sus preferencias y prioridades.
De cualquier manera, mientras estemos a tiempo, como queda dicho, debemos trabajar al efecto de proponer nuevos límites al poder, puesto que el tema crucial alude a las instituciones y, en este sentido, son del todo irrelevantes las personas que ocupan cargos públicos. Tal como ha dicho Karl Popper, la pregunta de Platón respecto de quién ha de gobernar está mal formulada, lo trascendente son las instituciones "para que el gobierno haga el menor daño posible".
Alberto Benegas Lynch (h), diario La Nación
Toda la tradición de la democracia tuvo siempre en cuenta que su aspecto medular y su razón de ser consiste en el respeto a las minorías por parte de las mayorías. En nuestra época Giovanni Sartori, el autor más destacado en esta materia, escribe: "El argumento es que cuando la democracia se asimila a la regla de la mayoría pura y simple, esa asimilación convierte a un sector del demos en no-demos. A la inversa, la democracia concebida como el gobierno mayoritario limitado por los derechos de la minoría se corresponde a todo el pueblo, es decir, a la suma total de la mayoría y la minoría". Desde Cicerón, cuando apuntaba que "el imperio de la multitud no es menos tiránico que el de un hombre solo", existe la preocupación por las mayorías ilimitadas. Sin excepción, la tradición democrática ha señalado una y otra vez las amenazas para la libertad y los derechos al guiarse sólo por los números. Como bien ha destacado el constitucionalista Juan González Calderón, los defensores de semejante sistema ni de números saben puesto que parten de dos ecuaciones falsas: 50% más 1%= 100% y 50% menos 1%= 0%.
Esta payasada sumamente peligrosa consiste en que las mayorías enquistadas en el poder arrasan con la justicia designando supuestos jueces que son adictos al Ejecutivo y, de la misma manera, proceden con todos los organismos de control. Una vez que se alzan con la suma del poder atropellan lisa y llanamente los derechos de las personas, mientras compran votos con políticas dadivosas a costa del fruto del trabajo ajeno y deterioran así sensiblemente el andamiaje jurídico y la productividad; en consecuencia, las grietas en la economía son cada vez más anchas y profundas.
Mientras los votos apoyen, los sátrapas modernos siguen su trayectoria de aniquilar el progreso y destruir a las personas que mantienen su autoestima y su sentido de dignidad. Se cumple así la profecía de Aldous Huxley en el sentido de que hay quienes piden ser esclavizados a cambio de pan y circo, aunque la calidad de lo uno y lo otro se deteriore a pasos agigantados en el contexto de un espectáculo denigrante de servilismo y mansedumbre superlativa, en el que se renuncia a la condición humana, es decir, se renuncia a la libertad.
En todo esto hay un problema de fondo que debe revisarse. Nunca se llega a una meta final, todo debe reconsiderarse puesto que el conocimiento es de carácter provisional, sujeto a refutación. Los esfuerzos por liberarse de las monarquías absolutas han sido inmensos, por lo que no resulta admisible aceptar sin más la tiranía de la mayoría. Hitler es el ejemplo más ilustrativo de procesos electorales que incluyen la posibilidad de un zarpazo final extremo, pero hoy en día se exhiben muchos más, no sólo en América latina con los seguidores autoritarios de Chávez en diversos países y de la Rusia de Putin, sino que, con menos grosería, aparece en diversas naciones europeas y nada menos que en los Estados Unidos, donde deudas y gastos públicos elefantiásicos, junto con crecientes regulaciones que asfixian la energía creadora, vienen carcomiendo las bases de la sociedad abierta, todo bajo el manto de los votos que parecerían santifican cualquier desmán.
Frente a tamaña demolición hay sólo dos acciones posibles: esperar un milagro, en el sentido de que se reviertan los problemas automáticamente con el idéntico sistema que prepara incentivos perversos a través de coaliciones y alianzas, o trabajamos usamos nuestras neuronas para imaginar nuevas y más efectivas limitaciones al Leviatán tendientes a preservar los derechos de todos. En este último sentido, en lo personal, he recordado en otras oportunidades las esperanzadoras sugerencias de Bruno Leoni para el Poder Judicial, de Friedrich Hayek para el Legislativo y la propuesta de Montesquieu aplicable al Ejecutivo.
Si estas medidas no se consideraran suficientemente adecuadas, es urgente pensar en otras, pero no es aceptable quedarse de brazos cruzados. Concretamente, me estoy dirigiendo al lector de estas líneas que, considero, no debe endosar un asunto de tanta relevancia sobre las espaldas de otros. Es necesario que cada uno asuma su responsabilidad ya que se trata del respeto de todos. Resulta indispensable abrir un debate en este terreno y actuar en una dirección opuesta a lo que en gran medida viene ocurriendo, léase que se espera que con las mismas instituciones suceda algo distinto de lo que viene sucediendo de un largo tiempo a esta parte.
Es una afrenta y un insulto a la inteligencia denominar "democracia" a lo dscripto. Se trata claramente de cleptocracia, a saber, gobiernos de ladrones de libertades, de propiedades y de sueños de vida. No puede caerse en la trampa de mantener que estamos frente a "procesos democráticos" cuando los desquicios actuales de los aparatos estatales, teóricamente encargados de velar por los derechos de la gente, los conculcan de la manera más cruel y proceden como si fueran mandantes en lugar de simples mandatarios.
Herbert Spencer ha escrito que debemos estar muy atentos para que mayorías en el Parlamento no terminen por destrozar todo lo que se ha construido trabajosamente para proteger las autonomías individuales. Bertrand de Jouvenel nos ha enseñado que la soberanía corresponde al individuo y que la llamada "soberanía del pueblo" es una ficción por la que se oculta el avasallamiento de las libertades, y Benjamin Constant consigna que "la voluntad de todo un pueblo no puede convertir en justo aquello que es injusto".
Sin duda que esta ruleta rusa de las mayorías ilimitadas partió de ámbitos educativos que vienen machacando con que, cuando todo se somete al número, "estamos en democracia", con lo que se le da la espalda a la esencia misma de esa noble tradición. Parecería que si la mayoría decide degollar a los pelirrojos, éstos deben ofrecer el pescuezo en nombre de "la democracia".
Como una medida precautoria y para mayor precisión, en algunas constituciones se recurrió deliberadamente a la expresión república para enfatizar en temas vitales como la igualdad ante la ley, la publicidad de los actos de gobierno, la división de poderes y la alternancia en el poder. Hoy observamos azorados las reiteradas reformas constitucionales fabricadas por megalómanos para introducir la posibilidad de reelecciones (y, a veces, reelecciones indefinidas, con descarados fraudes electorales de diversa índole).
Naturalmente, la visión degradada de la democracia se debe también a que, en muchas de las casas de estudio, se propugna el engrosamiento de los aparatos estatales y la notable reducción de los territorios en los que pueden desenvolverse las personas. Entonces, en última instancia, la solución de estos problemas mayúsculos estriba en una educación compatible con los valores y principios de la sociedad abierta.
Uno de los tantos ejemplos de deslizamiento hacia el estatismo estriba en el tan citado "principio de subsidiaridad". En esta instancia del proceso de evolución cultural, las funciones del monopolio de la fuerza están principalmente referidas a la protección de derechos, pero nunca son subsidiarias puesto que, si los privados no encaran cierta actividad es porque prefieren destinar esfuerzos y recursos a otros campos y, como aquéllos son escasos, no puede hacerse todo al mismo tiempo. Es del todo impertinente e improcedente que los gobiernos irrumpan en las áreas en que las personas han decidido no participar según sus preferencias y prioridades.
De cualquier manera, mientras estemos a tiempo, como queda dicho, debemos trabajar al efecto de proponer nuevos límites al poder, puesto que el tema crucial alude a las instituciones y, en este sentido, son del todo irrelevantes las personas que ocupan cargos públicos. Tal como ha dicho Karl Popper, la pregunta de Platón respecto de quién ha de gobernar está mal formulada, lo trascendente son las instituciones "para que el gobierno haga el menor daño posible".
Alberto Benegas Lynch (h), diario La Nación
El delirio de Ruanda
Ruanda o Rwanda fue un protectorado alemán de 1899 a 1916. Tras la Primera Guerra Mundial se convirtió en un mandato de la Liga de las Naciones y después se transformó en un territorio fiduciario de la ONU, bajo administración Belga en ambas etapas.
Su población está conformada por tres grupos: los hutu (Bahutu, 85% de la población), tutsi (Batutsi, 14% de la población) y los TWA que forman la población indígena.
Hasta 1950 la educación era disponible solo para los tutsi. En 1940, sin embargo, muchos tutsi de Rwanda fueron impulsados para abogar por su independencia.
El Rey Kigari V, quien había gobernado por cerca de tres decenios murió en 1959 y los tutsi etnocéntricos obtuvieron el poder. Esto contribuyó a una serie de rebeliones de los hutu, que demandaban igualdad de derechos, en las cuales decenas de miles de tutsi perecieron.
En 1961, con el apoyo de los colonos Belgas, la mayoría hutu tomó el control del gobierno, aboliendo la monarquía tutsi y declarando a Rwanda en república.
La independencia de Rwanda no fue reconocida internacionalmente hasta el primero de julio de 1962.
Más de la mitad de los Ttutsi de Rwanda huyeron del país entre 1959 y 1964. El General Juvenal Habyarimana, de la etnia hutu, tomó el poder en un Golpe de Estado en 1973 en medio de otro período de conflicto étnico.
En octubre de 1990 rwandeses exiliados opositores al régimen de Habyarimana, invadieron Rwanda con el apoyo de Uganda e iniciaron una guerra civil para derrocar al régimen.
Desde 1991 el régimen de Habyarimana había incrementado la represión a la población en una guerra de baja intensidad para acabar con la rebelión, utilizando al racismo como eje instigando y encubriendo las masacres masivas de tutsi.
Los asesinatos fueron perpetrados por grupos paramilitares. Los paramilitares hutu eran más de 30 mil, recibieron entrenamiento militar del ejército Rwandés y el apoyo/encubrimiento del régimen de Habyarimana. Pronto cerraron carreteras y revisaban a cada persona que pasaba para eliminar a los tutsi.
El gobierno creó además listas de personas que deberían ser asesinadas, identificando en ellas a los partidarios de la transición política, a los adversarios políticos, a aquellos involucrados en el movimiento de los derechos Humanos, etc. Incluso algunos hutu proclives a la reforma fueron condenados a muerte. En esas listas se incluía a la totalidad de la población tutsi.
Habyarimana fue asesinado en un sospechoso accidente aéreo sobre Kigali el 3 abril de l994, desatando una ola de violencia étnica en contra de los tutsi y los opositores al régimen. Pero había indicios de que el asesinato había sido planeado y orquestado por un hutu de línea dura que se oponía a todo arreglo con los tutsi.
El asesinato de Habyarimana terminó de consumar el genocidio.
Cronología de un genocidio
6 de abril de 1994. El avión en el que viajaban los presidentes de Ruanda, Juvenal Habyarimana, y de Burundi, Ciprian Ntayamira, fue alcanzado por dos misiles en el momento en que iba a aterrizar en el aeropuerto de Kigali, lo que ocasiona el inicio de una masacre cruel en todos los rincones de Rwanda.
7 de abril. La primera ministra Agathe Uwlingiyimana y 10 soldados belgas de las fuerzas de la ONU que la custodiaban, fueron asesinados por la guardia presidencial. A causa de esto, se ordenó la retirada de los cascos azules, dejando a la población civil sin protección. Esta situación fue aprovechada por los radicales hutus para comenzar el genocidio.
8 de abril. El Frente Patriótico Ruandés lanza un ataque en los alrededores de Kigali.
9 de abril. Se formó un gobierno interino presidido por Jean Kambanda, con la característica principal de que no incluía a ningún tutsi ni hutu moderado o de la tendencia cercana al FPR entre sus filas.
9 de abril. Bélgica y Francia, sacan del país a todos sus nacionales, sin preocuparse de los ruandeses, ni siquiera de los que trabajaban en sus empresas.
11 de abril. Un comunicado de la Cruz Roja Internacional estima que decenas de miles de ruandeses han sido asesinados en tan solo unos días. Mientras tanto, la misión de pacificación de Naciones Unidas MINUAR, permanecía muda.
14 de abril. El contingente belga se retira.
17 de abril. Lejos de Kigali y concretamente en la población de Kibuye, fue el día en el que comenzaron las labores de exterminio de la población tutsi en aquel condado. Durante los tres meses siguientes, murieron o desaparecieron alrededor de 250.000 personas. Varios miles fueron asesinadas en la iglesia de Kibuye durante una emboscada en una sola masacre.
20 de abril. Boutros Ghali, consciente de la situación en la que se encuentra toda Ruanda ordena un: "inmediato y masivo refuerzo de MINUAR para parar la contienda y las masacres, requiriendo varios miles de tropas adicionales y reforzar los poderes.
21 de abril. El Consejo de Seguridad vota de forma unánime reducir, paulatinamente, la Misión UNAMIR de 2,539 soldados a 270.
21 de abril. La Cruz Roja Internacional emite otro comunicado donde advierte de que el número de asesinados no era de decenas de miles sino cientos de miles.
4 de mayo. Boutros Ghali va más lejos y utiliza, por primera vez, el término "Genocidio" para describir lo que estaba ocurriendo en Ruanda.
19 de mayo. Un comunicado emitido por la Cruz Roja estima en 500.000 ruandeses asesinados. Sorpresivamente, ningún dirigente político internacional había utilizado todavía la palabra genocidio.
A principios del mes de junio, el FPR, que se organiza en el nordeste del país, lanza un ultimátum a todos los extranjeros residentes en Ruanda para que abandonen el país en menos de tres días al anunciar un ataque inminente. En el oeste, se crea una guerrilla tutsi llamada Ejército de Liberación de Ruanda (ALIR).
22 de junio. El Consejo de Seguridad autoriza, de forma temporal, al gobierno francés a ocuparse de establecer el orden y crear un área de seguridad en la zona sur-oeste del país.
A mediados del mes de julio, el Frente Patriótico Ruandés se apodera de Kigali obligando al gobierno hutu radical a huir del país en dirección al Zaire seguido de al menos dos millones de hutus que crearon el campo de refugiados más grande de la historia en Goma, "la ciudad de los muertos".
16 de abril. Se considera como la fecha del fin del genocidio.
Consecuencias
Se calculan entre 800.000 y 1.000.000 muertos aproximadamente, que equivaldrían al 11% del total de la población rwandés y 4/5 de los tutsis que vivían en el país -hay que contar con los tutsis de Burundi y de los países vecinos en que se habían exiliado-.
La situación económica se agravó tras el genocidio: el 70% de la población aún vive bajo el nivel de la pobreza.
A partir de 1997 se instaló una población desplazada en campos vigilado. Hasta el 2000, se calculaban 600 mil personas desplazadas. Se creó el campo de exiliados más grande en Goma, Zaire.
Hasta el 2004, 2/3 partes de la población femenina que fueron violadas son seropositivas, lo que ha influido en un aumento en el índice de personas viviendo con VIH, hasta el punto de que en Ruanda existe un mas de un 30% de la población afectadas.
La condena
El Tribunal Penal Internacional para Ruanda, fue creado por la Resolución Nº955 del 8 de noviembre de 1994 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y fue modificado el 30 de abril de 1998 por la Resolución 1165 del mismo organismo. Tiene como base una estructura similar al del Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia.
Tiene su sede en la ciudad de Arusha, en Tanzania, y su presidente es Erik Møse, de Noruega. En cuanto al tiempo, son los delitos cometidos entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 1994. Y en cuanto a los intervinientes, pueden ser tanto ruandeses como extranjeros que se encontraban en Ruanda al momento de cometerse los crímenes.
En este Tribunal se aplica el Artículo 3 común a los cuatro Convenios de Ginebra y al Protocolo II de 1977.
A fines de octubre de 2005, el Tribunal había ordenado la detención de más de 500 personas, de las cuales 71 habían sido puestas a su disposición. De todas ellas 6 estaban cumpliendo sentencia firme en Malí, mientras que el resto (salvo 6 que fueron liberados) se encontraba pendiente de juicio o sentencia.
Los acusados en lo que se ha llamado el proceso a los medios son Ferdinand Nahimana y Jean-Bosco Barayagwiza, que fundaron y controlaron la información en una emisora de radio, y Hasan Ngeze, un antiguo editor de un diario. Los fiscales les acusan de haber orquestado un minucioso plan destinado a multiplicar el odio étnico y para persuadir a la gente a asesinar a sus enemigos tutsis y hutus moderados. Como pruebas han presentado cerca de cincuenta mil documentos, más de seiscientas horas de grabaciones con las consignas lanzadas desde la siniestra Radio Mil Colinas y copias del diario Kangura, plagado de ilustraciones y textos racistas.
Jean Paul Akayesu, antiguo alcalde de la ciudad ruandesa de Taba, fue arrestado en Zambia el 10 de octubre de 1995 y fue transferido a la Unidad de Detención del Tribunal en Arusha el 26 de mayo de 1996. El juicio comenzó en junio de 1997 y el 2 de septiembre de 1998 la Cámara Procesal I lo encontró culpable de genocidio, incitación directa y pública a cometer genocidio y crímenes de lesa humanidad. El 2 de octubre de 1998 fue sentenciado a prisión de por vida. Akayesu cumple condena a cadena perpetua en una prisión de Malí.
Theoneste Bagosora fue encontrado culpable por un tribunal de la ONU y condenado a cadena perpetua. Fue acusado de comandar las tropas y milicias hutu Interahamwe, responsables de la masacre. Además, el tribunal consideró que Bagosora fue "responsable" del asesinato de la primera ministra Agathe Uwilingiyimana y destacados miembros de la oposición, así como de diez soldados belgas.
Además, los jueces condenaron a los oficiales Aloys Ntabakuze y Anatol Nsengiyumva por su participación en el genocidio. El acusado general Gratien Kabiligi fue puesto en libertad.
El ICTR ha sentenciado a 32 personas desde 1997. El más reciente fue el famoso cantante ruandés Simon Bikindi, quien fue condenado a 15 años de prisión por haber pronunciado un discurso en junio de 1994 en el que instó a los hutus a matar a la minoría tutsi.
Probablemente, nunca se sabrá cuántos muertos resultaron de esta pelea entre habitantes de un mismo país. Se calculan entre 500.000 y 1.000.000. Si fueron 800.000 equivaldrían al 11 % del total de la población y 80 % de los tutsis que vivían en el país. Además el genocidio y conflicto civil provocó el exilio de dos millones de ruandeses en el entonces Zaire, 480.000 en Tanzania, 200.000 en Burundi y 10.000 en Uganda, junto a más de un millón de desplazados internos. Tampoco se sabe cuántas víctimas ha provocado la venganza tutsi. Aunque se habla del "otro genocidio", parece que no es en absoluto comparable. Como sea, esta terrible historia de lucha étnica, pareciera no haber llegado del todo a su fin.
Su población está conformada por tres grupos: los hutu (Bahutu, 85% de la población), tutsi (Batutsi, 14% de la población) y los TWA que forman la población indígena.
Hasta 1950 la educación era disponible solo para los tutsi. En 1940, sin embargo, muchos tutsi de Rwanda fueron impulsados para abogar por su independencia.
El Rey Kigari V, quien había gobernado por cerca de tres decenios murió en 1959 y los tutsi etnocéntricos obtuvieron el poder. Esto contribuyó a una serie de rebeliones de los hutu, que demandaban igualdad de derechos, en las cuales decenas de miles de tutsi perecieron.
En 1961, con el apoyo de los colonos Belgas, la mayoría hutu tomó el control del gobierno, aboliendo la monarquía tutsi y declarando a Rwanda en república.
La independencia de Rwanda no fue reconocida internacionalmente hasta el primero de julio de 1962.
Más de la mitad de los Ttutsi de Rwanda huyeron del país entre 1959 y 1964. El General Juvenal Habyarimana, de la etnia hutu, tomó el poder en un Golpe de Estado en 1973 en medio de otro período de conflicto étnico.
En octubre de 1990 rwandeses exiliados opositores al régimen de Habyarimana, invadieron Rwanda con el apoyo de Uganda e iniciaron una guerra civil para derrocar al régimen.
Desde 1991 el régimen de Habyarimana había incrementado la represión a la población en una guerra de baja intensidad para acabar con la rebelión, utilizando al racismo como eje instigando y encubriendo las masacres masivas de tutsi.
Los asesinatos fueron perpetrados por grupos paramilitares. Los paramilitares hutu eran más de 30 mil, recibieron entrenamiento militar del ejército Rwandés y el apoyo/encubrimiento del régimen de Habyarimana. Pronto cerraron carreteras y revisaban a cada persona que pasaba para eliminar a los tutsi.
El gobierno creó además listas de personas que deberían ser asesinadas, identificando en ellas a los partidarios de la transición política, a los adversarios políticos, a aquellos involucrados en el movimiento de los derechos Humanos, etc. Incluso algunos hutu proclives a la reforma fueron condenados a muerte. En esas listas se incluía a la totalidad de la población tutsi.
Habyarimana fue asesinado en un sospechoso accidente aéreo sobre Kigali el 3 abril de l994, desatando una ola de violencia étnica en contra de los tutsi y los opositores al régimen. Pero había indicios de que el asesinato había sido planeado y orquestado por un hutu de línea dura que se oponía a todo arreglo con los tutsi.
El asesinato de Habyarimana terminó de consumar el genocidio.
Cronología de un genocidio
6 de abril de 1994. El avión en el que viajaban los presidentes de Ruanda, Juvenal Habyarimana, y de Burundi, Ciprian Ntayamira, fue alcanzado por dos misiles en el momento en que iba a aterrizar en el aeropuerto de Kigali, lo que ocasiona el inicio de una masacre cruel en todos los rincones de Rwanda.
7 de abril. La primera ministra Agathe Uwlingiyimana y 10 soldados belgas de las fuerzas de la ONU que la custodiaban, fueron asesinados por la guardia presidencial. A causa de esto, se ordenó la retirada de los cascos azules, dejando a la población civil sin protección. Esta situación fue aprovechada por los radicales hutus para comenzar el genocidio.
8 de abril. El Frente Patriótico Ruandés lanza un ataque en los alrededores de Kigali.
9 de abril. Se formó un gobierno interino presidido por Jean Kambanda, con la característica principal de que no incluía a ningún tutsi ni hutu moderado o de la tendencia cercana al FPR entre sus filas.
9 de abril. Bélgica y Francia, sacan del país a todos sus nacionales, sin preocuparse de los ruandeses, ni siquiera de los que trabajaban en sus empresas.
11 de abril. Un comunicado de la Cruz Roja Internacional estima que decenas de miles de ruandeses han sido asesinados en tan solo unos días. Mientras tanto, la misión de pacificación de Naciones Unidas MINUAR, permanecía muda.
14 de abril. El contingente belga se retira.
17 de abril. Lejos de Kigali y concretamente en la población de Kibuye, fue el día en el que comenzaron las labores de exterminio de la población tutsi en aquel condado. Durante los tres meses siguientes, murieron o desaparecieron alrededor de 250.000 personas. Varios miles fueron asesinadas en la iglesia de Kibuye durante una emboscada en una sola masacre.
20 de abril. Boutros Ghali, consciente de la situación en la que se encuentra toda Ruanda ordena un: "inmediato y masivo refuerzo de MINUAR para parar la contienda y las masacres, requiriendo varios miles de tropas adicionales y reforzar los poderes.
21 de abril. El Consejo de Seguridad vota de forma unánime reducir, paulatinamente, la Misión UNAMIR de 2,539 soldados a 270.
21 de abril. La Cruz Roja Internacional emite otro comunicado donde advierte de que el número de asesinados no era de decenas de miles sino cientos de miles.
4 de mayo. Boutros Ghali va más lejos y utiliza, por primera vez, el término "Genocidio" para describir lo que estaba ocurriendo en Ruanda.
19 de mayo. Un comunicado emitido por la Cruz Roja estima en 500.000 ruandeses asesinados. Sorpresivamente, ningún dirigente político internacional había utilizado todavía la palabra genocidio.
A principios del mes de junio, el FPR, que se organiza en el nordeste del país, lanza un ultimátum a todos los extranjeros residentes en Ruanda para que abandonen el país en menos de tres días al anunciar un ataque inminente. En el oeste, se crea una guerrilla tutsi llamada Ejército de Liberación de Ruanda (ALIR).
22 de junio. El Consejo de Seguridad autoriza, de forma temporal, al gobierno francés a ocuparse de establecer el orden y crear un área de seguridad en la zona sur-oeste del país.
A mediados del mes de julio, el Frente Patriótico Ruandés se apodera de Kigali obligando al gobierno hutu radical a huir del país en dirección al Zaire seguido de al menos dos millones de hutus que crearon el campo de refugiados más grande de la historia en Goma, "la ciudad de los muertos".
16 de abril. Se considera como la fecha del fin del genocidio.
Consecuencias
Se calculan entre 800.000 y 1.000.000 muertos aproximadamente, que equivaldrían al 11% del total de la población rwandés y 4/5 de los tutsis que vivían en el país -hay que contar con los tutsis de Burundi y de los países vecinos en que se habían exiliado-.
La situación económica se agravó tras el genocidio: el 70% de la población aún vive bajo el nivel de la pobreza.
A partir de 1997 se instaló una población desplazada en campos vigilado. Hasta el 2000, se calculaban 600 mil personas desplazadas. Se creó el campo de exiliados más grande en Goma, Zaire.
Hasta el 2004, 2/3 partes de la población femenina que fueron violadas son seropositivas, lo que ha influido en un aumento en el índice de personas viviendo con VIH, hasta el punto de que en Ruanda existe un mas de un 30% de la población afectadas.
La condena
El Tribunal Penal Internacional para Ruanda, fue creado por la Resolución Nº955 del 8 de noviembre de 1994 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y fue modificado el 30 de abril de 1998 por la Resolución 1165 del mismo organismo. Tiene como base una estructura similar al del Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia.
Tiene su sede en la ciudad de Arusha, en Tanzania, y su presidente es Erik Møse, de Noruega. En cuanto al tiempo, son los delitos cometidos entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 1994. Y en cuanto a los intervinientes, pueden ser tanto ruandeses como extranjeros que se encontraban en Ruanda al momento de cometerse los crímenes.
En este Tribunal se aplica el Artículo 3 común a los cuatro Convenios de Ginebra y al Protocolo II de 1977.
A fines de octubre de 2005, el Tribunal había ordenado la detención de más de 500 personas, de las cuales 71 habían sido puestas a su disposición. De todas ellas 6 estaban cumpliendo sentencia firme en Malí, mientras que el resto (salvo 6 que fueron liberados) se encontraba pendiente de juicio o sentencia.
Los acusados en lo que se ha llamado el proceso a los medios son Ferdinand Nahimana y Jean-Bosco Barayagwiza, que fundaron y controlaron la información en una emisora de radio, y Hasan Ngeze, un antiguo editor de un diario. Los fiscales les acusan de haber orquestado un minucioso plan destinado a multiplicar el odio étnico y para persuadir a la gente a asesinar a sus enemigos tutsis y hutus moderados. Como pruebas han presentado cerca de cincuenta mil documentos, más de seiscientas horas de grabaciones con las consignas lanzadas desde la siniestra Radio Mil Colinas y copias del diario Kangura, plagado de ilustraciones y textos racistas.
Jean Paul Akayesu, antiguo alcalde de la ciudad ruandesa de Taba, fue arrestado en Zambia el 10 de octubre de 1995 y fue transferido a la Unidad de Detención del Tribunal en Arusha el 26 de mayo de 1996. El juicio comenzó en junio de 1997 y el 2 de septiembre de 1998 la Cámara Procesal I lo encontró culpable de genocidio, incitación directa y pública a cometer genocidio y crímenes de lesa humanidad. El 2 de octubre de 1998 fue sentenciado a prisión de por vida. Akayesu cumple condena a cadena perpetua en una prisión de Malí.
Theoneste Bagosora fue encontrado culpable por un tribunal de la ONU y condenado a cadena perpetua. Fue acusado de comandar las tropas y milicias hutu Interahamwe, responsables de la masacre. Además, el tribunal consideró que Bagosora fue "responsable" del asesinato de la primera ministra Agathe Uwilingiyimana y destacados miembros de la oposición, así como de diez soldados belgas.
Además, los jueces condenaron a los oficiales Aloys Ntabakuze y Anatol Nsengiyumva por su participación en el genocidio. El acusado general Gratien Kabiligi fue puesto en libertad.
El ICTR ha sentenciado a 32 personas desde 1997. El más reciente fue el famoso cantante ruandés Simon Bikindi, quien fue condenado a 15 años de prisión por haber pronunciado un discurso en junio de 1994 en el que instó a los hutus a matar a la minoría tutsi.
Probablemente, nunca se sabrá cuántos muertos resultaron de esta pelea entre habitantes de un mismo país. Se calculan entre 500.000 y 1.000.000. Si fueron 800.000 equivaldrían al 11 % del total de la población y 80 % de los tutsis que vivían en el país. Además el genocidio y conflicto civil provocó el exilio de dos millones de ruandeses en el entonces Zaire, 480.000 en Tanzania, 200.000 en Burundi y 10.000 en Uganda, junto a más de un millón de desplazados internos. Tampoco se sabe cuántas víctimas ha provocado la venganza tutsi. Aunque se habla del "otro genocidio", parece que no es en absoluto comparable. Como sea, esta terrible historia de lucha étnica, pareciera no haber llegado del todo a su fin.
Las políticas de Corea del Sur
Además de alarmar con su retórica en los últimos días, el presidente de Corea del Norte, Kim Jong-un, ha hecho evidente el profundo contraste económico de las dos Coreas.
Tras la devastación causada por la Guerra Coreana en los años 50, los países hermanos de Corea del Sur y el Norte decidieron irse por lados opuestos.
Desde entonces, el ingreso por persona en el Sur se ha incrementado a pasos envidiados por muchos países. De 1962 a 1980, el PIB pasó de tan sólo 87 dólares por persona a 2 mil 340, de acuerdo con datos del Banco Mundial.
A partir de entonces, el crecimiento fue aún mayor, llegando a más de 30 mil dólares por persona en el 2012, unas 12 veces más que en 1980.
¿Qué hizo que un país devastado por la guerra y con una amenaza latente de invasión pueda superar en ingreso a su vecino de manera tan disparada?
Exportar y acaparar
Todo comenzó con el primer Plan de Cinco Años, un programa de desarrollo impulsado por el gobierno federal en 1962.
Los académicos de la Universidad de Kangwon, una de las más importantes en el país, han identificado a esta etapa como una enfocada fuertemente en la exportación.
La filosofía en ese entonces era que las empresas debían ser grandes y exportar lo más posible, con el fin de acaparar mercado mundial.
De acuerdo con una investigación, donde el sector privado no podía invertir, por ser pequeño, el Estado usó grandes recursos para hacerlo.
El gobierno de pronto se volvió dominante, característica quizás compartida con sus vecinos del Norte. Pero a diferencia de ellos, en Corea del Sur el énfasis estuvo en crecimiento económico, más que poder, armamento o inclusive dogma.
Por ejemplo, a diferencia de los estados latinoamericanos en esa época, que también buscaron crecer mediante el sector externo, Corea del Sur no descartó a las importaciones.
A las empresas más grandes del país, que estaban sujetas a estrictas cuotas de exportación, les era permitido importar grandes cantidades de materias primas sin aranceles o pagando pocos impuestos.
Las empresas que no llegaban a sus metas, simplemente caían en desfavor del gobierno y perdían sus privilegios, cosa que rara vez sucedió en países latinos.
60 años después…
El impulso a los grandes corporativos es evidente aun hoy en día.
Corea del Sur actualmente tiene más empresas entre las 500 más grandes del mundo que Australia, Canadá e Italia. Tan sólo la empresa más grande del país, la gigante de electrónicos Samsung, tiene una capitalización de mercado más grande que todo el PIB de Perú y más del doble de Puerto Rico.
En esa empresa, como en la tradición política del país, dominan las jerarquías por encima de la meritocracia observada en el occidente. La orientación que el director decide tomar es adoptada inmediatamente, sin preguntas.
De acuerdo con un artículo en Bloomberg Newsweek, el actual presidente del consejo de Samsung, el veterano de 71 años, Lee Kun Hee, continúa dirigiendo a la empresa con la opacidad de los años 60.
Y al parece funcionar: el viernes Samsung reportó ganancias de 7 mil 700 millones de dólares, un resultado por encima de lo estimado y 53 por ciento mayor al año pasado.
Hoy por hoy es la empresa de electrónicos más grande en el mundo por ingresos, vendiendo 179 mil millones de dólares el año pasado.
Pero a pesar del éxito, Kun Hee no genera tanta emoción mediática como alguna vez lo hizo Steve Jobs, o admiración ejecutiva como la que provocó Akio Morita con Sony.
Poco es conocido de su director general, que desde que tomó el control de Samsung en 1987, ha llevado a la empresa por un sendero de crecimiento que el gobierno surcoreano ha avalado silenciosamente. Actualmente, todo el conglomerado genera el 17 por ciento del PIB de Corea del Sur.
Algo parecido ha sucedido con otras gigantes coreanas, como LG Electronics, Hyundai y Kia. El mercado accionario de Corea del Sur, medido a través del índice KOSPI, ha incrementado 150 por ciento en lo últimos 15 años, aunque ha caído 5 por ciento en el último año, golpeado por la crisis de demanda en el occidente.
Ying y Yang
La historia económica de Corea del Sur, como el símbolo en su bandera, tiene su lado bueno y su lado malo.
Por ejemplo, unos argumentan que el impulso hacia los grandes jugadores necesariamente implicó que pronto algunas empresas se hicieron enormes competidores en el mundo, pero se crearon pocas nuevas, lo que concentró el mercado doméstico mucho más que sus vecinos como Japón o Taiwán.
Pero tras un peculiar experimento natural de 60 años, en el que un pueblo con características culturales similares fue dividido por una línea imaginaria y miles de soldados, los resultados son evidentes: la apertura y tenacidad del Sur prevalecieron económicamente por sobre la paranoica actitud del régimen en el Norte.
Algunas cifras
U$S 247,000 millones en ventas de Samsung y 300 mil empleados
U$S 145,000 millones en ventas y 220 mil empleados tiene LG Electronics
U$S 74,000 millones en ventas de Hyundai y 57 mil empleados
Tras la devastación causada por la Guerra Coreana en los años 50, los países hermanos de Corea del Sur y el Norte decidieron irse por lados opuestos.
Desde entonces, el ingreso por persona en el Sur se ha incrementado a pasos envidiados por muchos países. De 1962 a 1980, el PIB pasó de tan sólo 87 dólares por persona a 2 mil 340, de acuerdo con datos del Banco Mundial.
A partir de entonces, el crecimiento fue aún mayor, llegando a más de 30 mil dólares por persona en el 2012, unas 12 veces más que en 1980.
¿Qué hizo que un país devastado por la guerra y con una amenaza latente de invasión pueda superar en ingreso a su vecino de manera tan disparada?
Exportar y acaparar
Todo comenzó con el primer Plan de Cinco Años, un programa de desarrollo impulsado por el gobierno federal en 1962.
Los académicos de la Universidad de Kangwon, una de las más importantes en el país, han identificado a esta etapa como una enfocada fuertemente en la exportación.
La filosofía en ese entonces era que las empresas debían ser grandes y exportar lo más posible, con el fin de acaparar mercado mundial.
De acuerdo con una investigación, donde el sector privado no podía invertir, por ser pequeño, el Estado usó grandes recursos para hacerlo.
El gobierno de pronto se volvió dominante, característica quizás compartida con sus vecinos del Norte. Pero a diferencia de ellos, en Corea del Sur el énfasis estuvo en crecimiento económico, más que poder, armamento o inclusive dogma.
Por ejemplo, a diferencia de los estados latinoamericanos en esa época, que también buscaron crecer mediante el sector externo, Corea del Sur no descartó a las importaciones.
A las empresas más grandes del país, que estaban sujetas a estrictas cuotas de exportación, les era permitido importar grandes cantidades de materias primas sin aranceles o pagando pocos impuestos.
Las empresas que no llegaban a sus metas, simplemente caían en desfavor del gobierno y perdían sus privilegios, cosa que rara vez sucedió en países latinos.
60 años después…
El impulso a los grandes corporativos es evidente aun hoy en día.
Corea del Sur actualmente tiene más empresas entre las 500 más grandes del mundo que Australia, Canadá e Italia. Tan sólo la empresa más grande del país, la gigante de electrónicos Samsung, tiene una capitalización de mercado más grande que todo el PIB de Perú y más del doble de Puerto Rico.
En esa empresa, como en la tradición política del país, dominan las jerarquías por encima de la meritocracia observada en el occidente. La orientación que el director decide tomar es adoptada inmediatamente, sin preguntas.
De acuerdo con un artículo en Bloomberg Newsweek, el actual presidente del consejo de Samsung, el veterano de 71 años, Lee Kun Hee, continúa dirigiendo a la empresa con la opacidad de los años 60.
Y al parece funcionar: el viernes Samsung reportó ganancias de 7 mil 700 millones de dólares, un resultado por encima de lo estimado y 53 por ciento mayor al año pasado.
Hoy por hoy es la empresa de electrónicos más grande en el mundo por ingresos, vendiendo 179 mil millones de dólares el año pasado.
Pero a pesar del éxito, Kun Hee no genera tanta emoción mediática como alguna vez lo hizo Steve Jobs, o admiración ejecutiva como la que provocó Akio Morita con Sony.
Poco es conocido de su director general, que desde que tomó el control de Samsung en 1987, ha llevado a la empresa por un sendero de crecimiento que el gobierno surcoreano ha avalado silenciosamente. Actualmente, todo el conglomerado genera el 17 por ciento del PIB de Corea del Sur.
Algo parecido ha sucedido con otras gigantes coreanas, como LG Electronics, Hyundai y Kia. El mercado accionario de Corea del Sur, medido a través del índice KOSPI, ha incrementado 150 por ciento en lo últimos 15 años, aunque ha caído 5 por ciento en el último año, golpeado por la crisis de demanda en el occidente.
Ying y Yang
La historia económica de Corea del Sur, como el símbolo en su bandera, tiene su lado bueno y su lado malo.
Por ejemplo, unos argumentan que el impulso hacia los grandes jugadores necesariamente implicó que pronto algunas empresas se hicieron enormes competidores en el mundo, pero se crearon pocas nuevas, lo que concentró el mercado doméstico mucho más que sus vecinos como Japón o Taiwán.
Pero tras un peculiar experimento natural de 60 años, en el que un pueblo con características culturales similares fue dividido por una línea imaginaria y miles de soldados, los resultados son evidentes: la apertura y tenacidad del Sur prevalecieron económicamente por sobre la paranoica actitud del régimen en el Norte.
Algunas cifras
U$S 247,000 millones en ventas de Samsung y 300 mil empleados
U$S 145,000 millones en ventas y 220 mil empleados tiene LG Electronics
U$S 74,000 millones en ventas de Hyundai y 57 mil empleados
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